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2.11.15

El panorama sombrío de la política y los partidos


Ya en otras entradas hemos reseñado y compartido algunos fragmentos que ponen a la luz las objeciones de filósofas y teóricas políticas como Simone Weil y Hannah Arendt respecto a los partidos políticos (Ver aquí), la democracia representativa y la acción ciudadana. En este fragmento del libro de Cristina Sánchez, Estar (políticamente) en el Mundo, Sánchez, refiriéndose al tema de la acción en la teoría arendtiana, explica como los consejos le sirven a Arendt para "visualizar espacios para la participación directa de los ciudadanos". Va un fragmento:

"¿Qué estructuras políticas hay que puedan preservar la participación cívica sin la presión de los partidos? ... Inmediatamente cabe preguntarse entonces por qué la acción política no se ejerce mediante la democracia representativa. ¿Qué es lo que se pierde (de cara a la acción) con la representación y los partidos y se gana con los consejos? Arendt analiza con distancia crítica la democracia representativa: la presencia de los partidos no deja espacio para la acción de la ciudadanía. Los partidos ocupan el espacio público-político y a los ciudadanos les queda el espacio de la urna. La crisis de este sistema se ha producido, en su opinión, porque se han perdido las instituciones y los espacios que permitían la participación directa de la sociedad civil, y por otro lado, por la profesionalización y burocratización de los partidos. Así pues, la política deja de ser una actividad de la vida activa de cualquier ciudadano, y se convierte en la actividad de los "expertos" profesionales. Frente a este panorama sombrío, los consejos recogen la idea del pensamiento romano de la potestas in populo, esto es, del pueblo como el lugar del que nace el poder. 

Su propuesta, por consiguiente, lejos de propugnar un abandono de la democracia representativa, señala las limitaciones del sistema representativo -las tensiones entre democracia y república- e incide en extender la posibilidad del actuar político a todos los ciudadanos. Frente a la crisis de la democracia estadounidense de los setenta, y en consonancia con las demandas políticas de una mayor participación de la ciudadanía, Arendt sugiere combatir la desafección hacia la política y la crisis de legitimación de la democracia liberal con más política, no identificando esta solo con la actuación del Estado y los partidos, sino con la participación comprometida e intensa de la ciudadanía en los asuntos públicos.". pp. 102-103.

25.5.15

Sobre la abolición de los partidos (Simone Weil)

Va un fragmento de la versión traducida al español del ensayo de Simone Weil, On the Abolition of All Political Parties (1957). La versión en inglés que tengo fue traducida por Simon Leys y le acompaña un ensayo de Czeslaw Milosz: "The importance of Simone Weil" (NYRB, 2013). Las páginas que cito en español corresponden a las páginas 16-23 de la versión de la NYRB.

"Desde el momento en que el crecimiento del partido constituye un criterio del bien, se sigue inevitablemente la existencia de una presión colectiva del partido sobre el pensamiento de los hombres. Esa presión se ejerce de hecho. Se muestra públicamente. Se confiesa, se proclama. Nos horrorizaría, de no ser porque la costumbre nos ha endurecido.

Los partidos son organismos públicos, oficialmente constituidos de manera que matan en las almas el sentido de la verdad y de la justicia.

Se ejerce la presión colectiva sobre el gran público mediante la propaganda. La finalidad confesada de la propaganda es persuadir y no comunicar luz. Hitler vio perfectamente que la propaganda es siempre un intento de someter a los espíritus. Todos los partidos hacen propaganda. El que no la hiciera desaparecería por el hecho de que los demás sí la hacen. Todos confiesan que hacen propaganda. Nadie es tan audaz en la mentira como para afirmar que se propone la educación del público, que forma el juicio del pueblo.

Los partidos hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes. Esa palabra es una mentira. Se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros.

Supongamos que un miembro de un partido —diputado, candidato a diputado, o simplemente militante— adquiera en público el siguiente compromiso: «Cada vez que examine cualquier problema político o social, me comprometo a olvidar absolutamente el hecho de que soy miembro de tal grupo y a preocuparme exclusivamente de discernir el bien público y la justicia.» Ese lenguaje sería muy mal acogido. Los suyos, e incluso muchos otros, lo acusarían de traición. Los menos hostiles dirían: «Entonces, ¿para qué se ha afiliado a un partido?», confesando de esta manera ingenua que, cuando se entra en un partido, se renuncia a buscar únicamente el bien público y la justicia. Ese hombre sería excluido de su partido, o por lo menos perdería la investidura; seguramente no sería elegido.

...

Es imposible examinar los problemas increíblemente complejos de la vida pública estando atento a la vez, por un lado, a discernir la verdad, la justicia, el bien público, y por otro, a conservar la actitud que conviene a un miembro de tal grupo. La facultad humana de la atención no es capaz simultáneamente de las dos preocupaciones. De hecho todos se quedan con una y abandonan la otra.

...
Si un hombre hace cálculos numéricos muy complejos, sabiendo que se le azotará cada vez que obtenga como resultado un número par, su situación es muy difícil. Algo de dentro de la parte carnal del alma le empujará a dar una ayudita a los cálculos para obtener siempre un número impar. Queriendo reaccionar, se arriesgará a encontrar un número par incluso donde no hace falta. Presa de esta oscilación, su atención ya no está intacta. Si los cálculos son tan complejos que exigen por su parte la plenitud de la atención, es inevitable que se equivoque muy a menudo. De nada servirá que sea muy inteligente, muy valiente, muy celoso de la verdad.

¿Qué debe hacer? Es muy simple. Si puede escapar de las manos de esa gente, que le amenaza con el látigo, debe escapar. Si hubiera podido evitar caer en sus manos, debería haberlo evitado.

Eso mismo sucede con los partidos políticos.

Cuando hay partidos en un país, más tarde o más temprano el resultado es un estado de hecho tal que es imposible intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público.

Los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que —a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas— solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso."...

19.3.15

La perversidad del sistema partidista y el aniversario de la Comuna de París

En el día de ayer, 18 de marzo, se celebró el aniversario de la famosa Comuna de París, un breve pero no por eso menos recordado, momento de 'insurrección' en París en el que las y los ciudadanos se hicieron con el poder en la ciudad. La resistencia de la comuna de París duró del 18 de marzo al 28 de mayo y en ese periodo autogestionaron un gobierno, promulgaron decretos, abolieron las deudas, promulgaron la laicidad del Estado, retomaron fábricas, establecieron guarderías para niños y niñas, en fin, funcionaron como un autogobierno de democracia radical. Decenas de miles de personas de la comuna fueron ejecutadas y aplastadas dando fin a este momentum.

De los temas más importantes de la Comuna de París fueron los principios esbozados para el autogobierno y las premisas de equidad y libertad enarboladas. Distinto y en abierta contraposición a la lógica política partidista, la comuna promulgaba una toma de decisiones horizontal y plural, forma de gobernanza que Hannah Arendt destaca por sus premisas democráticas. 

De hecho, la Comuna de París es el contrapunto de Arendt al discutir, en su libro On Revolution, lo pernicioso de la lógica partidista. Los partidos, dice Arendt, contrario a los consejos que se establecieron en momentos revolucionarios pero con el propósito de mantenerse, escinden la libertad y la pluralidad. La membresía a un partido -y su lógica- aplasta el proceso de participación ciudadana amplia, apaga y derrota la capacidad de acción de los y las ciudadanas y la formación de opiniones robustas y rigurosas necesarias para el proceso democrático. Los consejos, sin embargo, -como los de la  Comuna de París-se rebelarían contra esa lógica precisamente porque era su no pertenencia a la cofradía "partidista" lo que les preparaba para ser más libres de reflejar sus capacidades y actuar en el mundo de vida común.

Buen contrapunto para estos tiempos en los que lamentablemente todavía presenciamos la lógica avasalladora partidista, que lejos de liberarnos, mantiene a "los niños del sistema partidista" en el control de las formas de gobernar.

Dejo el fragmento que me parece más importante de Arendt sobre este tema en On Revolution (los énfasis son míos):

“For the remarkable thing about the councils was of course not only that they cross all party lines, that members of the various parties sat in them together, but that such party membership play no role whatsoever. They were in fact the only political organs for people who belong to no party. Hence, they invariably came into conflict with all assemblies, with the old parliaments as well as with the new ‘constituent assemblies’, for the simple reason that the latter, event in their most extreme wings, were still children of the party system. At this stage of events, that is, in the midst of revolution, it was the party programs more than anything else that separated the councils from the parties; for these programs, no matter how revolutionary, were all ‘ready-made formulas’ which demanded no action but execution –‘to be carried out energetically n practice’, as Rosa Luxemburg pointed out with such amazing clearsightedness about the issues as stake. 

Today we know how quickly the theoretical formula disappeared in practical execution, but if the formula had survive its execution, and even if it had proved to be the panacea for all evils, social and political, the councils were bound to rebel against any such policy since the very cleavage between the party experts who ‘knew’ and the mass of people who sere suppose to apply this knowledge left out of account the average citizen’s capacity to act and to form his own opinion. The councils in other words, were bound to become superfluous if the spirit of the revolutionary party prevailed. Wherever knowing and doing have parted company, the space of freedom is lost.

The councils, obviously, were spaces of freedom. As such, they invariable refused to regard themselves as temporary organs of revolution and, on the contrary, made all attempts at establishing themselves as permanent organs of government….And what had been true in Paris in 1871 remained true for Russia in 1905, when the ‘not merely destructive but constructive’ intentions of the first soviets were so manifest that contemporary witnesses ‘could sense the emergence and the formation of a force which one day might be able to effect the transformation of the State’.

It was nothing more or less than this hope of a transformation of the state, for a new form of government that would permit every member of the modern egalitarian society to become a ‘participator’ in public affairs, that was buried in the disasters of twentieth-century revolutions.”

Hannah Arendt, On Revolution, pp 263-265.

28.4.13

Bureaucratization of public life, progress and the power to act- (1969) (...) (2013)


“[t]he greater the bureaucratization of public life, the greater will be the attraction of violence. In a fully developed bureaucracy there is nobody left with whom one could argue, to whom one could present grievances, on whom the pressures of power could be exerted. Bureaucracy is the form of government in which everybody is deprived of political freedom, of the power to act; for the rule by Nobody is not no-rule, and where all are equally powerless we have a tyranny without a tyrant. The crucial feature in the students’ rebellions around the world is that they are directed everywhere against the ruling bureaucracy. This explains, what at first glance seems so disturbing, that the rebellions in the East demand precisely those freedoms of speech and thought that the young rebels in the West say they despise as irrelevant. Huge party machines have succeeded everywhere to overrule the voice of the citizens, even in countries where freedom of speech and association is still intact. 

The dissenters and resisters in the East demand free speech and thought as the preliminary conditions for political action; the rebels in the West live under conditions where these preliminarics no longer open the channels for action, for the meaningful exercise of freedom. The transformation of government into administration, of republics into bureaucracies, and the disastrous shrinkage of the public realm that went with it, have a long and complicated history throughout the modern age; and this process has been considerably accelerated for the last hundred years through the rise of party bureaucracies.

What makes man a political being is his faculty to act. It enables him to get together with his peers, to act in concert, and to reach out for goals and enterprises which would never enter his mind, let alone the desires of his heart, had he not been given this gift—to embark upon something new. All the properties of creativity ascribed to life in manifestations of violence and power actually belong to the faculty of action. And I think it can be shown that no other human ability has suffered to such an extent by the Progress of the modern age.

For progress, as we have come to understand it, means growth, the relentless process of more and more, of bigger and bigger. The bigger a country becomes in population, in objects, and in possessions, the greater will be the need for administration and with it, the anonymous power of the administrators. Pavel Kohout, the Czech author, writing in the heyday of the Czech experiment with freedom, defined a “free citizen” as a “Citizen-Co-ruler.” He meant nothing else but the “participatory democracy” of which we have heard so much in recent years in the West. Kohout added that what the world, as it is today, stands in greatest need of may well be “a new example” if “the next thousand years are not to become an era of supercivilized monkeys.”” 

H. Arendt, A Special Supplement: Reflections on Violence, FEBRUARY 27, 1969 • VOLUME 12, NUMBER 4, pp. 22-23. 

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