23.2.11

La criminalización de la protesta (foro)

-Eduardo Bertoni, 
director del Centro de Estudios 
en Libertad de Expresión y Acceso a la Información (CELE) 
de la Universidad de Palermo de Buenos Aires, Argentina. 

-Stanley Nelson, 
cineasta estadounidense, autor del documental “Freedom Riders” 
sobre las luchas por los derechos civiles en EEUU en los años 60. 

-Jorge Benítez, 
profesor de la Universidad de Puerto Rico, 
autor del libro Ciudadanía y Exclusión en Puerto Rico. 

-Moderador 
Lcdo. Osvaldo Burgos, 
ex director de la Comisión de Derechos Civiles. 

Teatro de la Facultad de Derecho 
de la Universidad Interamericana 
Jueves 24 de febrero 5:30 PM. 

20.2.11

Una invitación a leer con apertura

En días recientes se publicó en la Revista 80grados un artículo de la autoría del profesor Carlos Pabón (Facultad de Humanidades UPR), titulado Fungir como Docentes. El artículo, que el profesor Pabón dirige principalmente a la comunidad de docentes de la UPR, ha llamado la atención de la comunidad universitaria, ha provocado algunos debates (unos más serios y de rigor que otros) y ha sido compartido ampliamente por las redes sociales. Dos colegas de la APPU han presentado una reacción en la misma Revista en un artículo titulado En defensa de la APPU que habría que analizar en su momento. Me consta que lo planteado por Pabón se ha instalado, además, como tema en los salones de clases y en coloquios informales en la Universidad.

No han sido pocos los que han descartado, casi de manera automática y sin razones, los planteos (complejos e importantes, por demás) que Pabón lanza en el escrito. El sábado 19 de febrero, por ejemplo, en el periódico citan de manera muy reduccionista  algunos de los señalamientos que Pabón explicita en su texto, quitándole así complejidad a lo que allí se expone (se esté de acuerdo o no) y, lamentablemente, reduciendo a tal grado las temáticas que el artículo recoge, que se corre el riesgo de echar al desperdicio la oportunidad que se nos presenta para generar muchos de los debates que conviene tener en estos días. Sobre esto la profesora Malena Rodríguez (Antes de que anochezca, III) llama la atención cuando expone que: “[h]ay que colocar las expresiones de Carlos Pabón, no como quiebres o fisuras negativas en el cuerpo docente sino como posibilidad de apertura y de intervención y diálogo compartido con otros sectores”.

Me parece que lejos de simplificar y descartar de manera automática lo expuesto en el artículo convendría abordar responsablemente lo que éste explicita y propone. Para esto se requiere estar dispuestas y dispuestos a leer con la apertura suficiente para incluso dejarse convencer, para darle la oportunidad al otro que nos interpela a que nos saque de la comodidad del pensamiento y posicionamiento que ya hemos adoptado. Toda lectura debería suponer eso, de lo contrario es vana. Así que, como en otras ocasiones, hago una invitación a que al menos en estos días, en estos tiempos de poca certeza y mucha controversia, abordemos lo que el otro y la otra tenga que decir en su mejor luz y con ánimo y propósito deliberativo.

Veamos las preguntas que lanza el colega Pabón, los planteos que hace sobre asuntos no poco controversiales y que adquieren una relevancia importantísima en estos días. Hago una lista de lo que considero serían los temas y preguntas que darían pie a debates más amplios y que convendría abordar y no esquivar (algunos de manera casi urgente).

-1-
Llamado al profesorado a pensarse como cuerpo singular y examinar las formas en que esta crisis nos atañe directamente.

¿Qué quiere decir con esto? La pregunta nos convoca a pensar lo que parece ser un problema político-identitario. ¿Cómo estamos actuando los profesores y profesoras? ¿Cómo y desde dónde nos ubicamos en esta controversia? ¿Son nuestras acciones unas articuladas o desarticuladas en función de una respuesta o reacción a las acciones de otros sectores universitarios? ¿Nos limitamos a apoyar o no apoyar las ‘luchas’ y reclamos (sin entrar en los méritos de esos reclamos) de esos otros sectores y no actuamos lo suficiente respecto a los nuestros? ¿Porqué? ¿Qué condiciones producen esto? ¿Cómo deberíamos hacerlo? Por complejo que sea el tema, como logramos abordar preguntas como ¿Qué estrategias, deberíamos adoptar, discutir?

Ante estas preguntas, Pabón hace un llamado al profesorado a pensarse como tal, a analizar las formas en que esta crisis universitaria en particular (porque ha habido muchas), nos está afectando directamente. Invita a buscar consensos y a un intento de formulación de estrategias sobre temas que menciona y que están desatendidos debido a que el escenario y el espacio público ha privilegiado ciertos temas sobre otros.

-2-
Reconocimiento de la diversidad entre el profesorado y el asunto de la representación: ¿Podemos constituirnos como profesores/as?

Todos y todas sabemos que el cuerpo docente de la UPR no es homogéneo, que ha sido muy difícil lograr convergencias y organizar nuestros elementos en común de forma tal que podamos -más o menos coherentemente- atajar asuntos que nos afectan a todos y todas. También conocemos que si bien existen organizaciones como la APPU y la CONAPU, no todos los profesores y profesoras están afiliados o se sienten representados por éstas. Estos asuntos tienen resonancia en cómo el profesorado se concibe, en cómo actúa, en las posibilidades de reunirse, conversar y hacer planes de acción. En el fondo es inevitable atender las controversias sobre quien representa a quien y la legitimidad para hacerlo, así como el diseño de los procesos para la toma de decisiones de un sector que a pesar de tener mucho en común, es tan diverso. Son temas ineludibles, muy difíciles de abordar y quizás imposibles de atender en el corto plazo, pero son temas legítimos a plantear, independientemente de las respuestas que diversos sectores del propio profesorado podamos ofrecer. Pabón expone su perspectiva sobre el asunto y creo que invita a abordar un tema que convendría atajar en el largo plazo.

-3-
La necesidad de un abordaje crítico a las estrategias que se han adoptado hasta ahora, una especie de pase de balance: ¿Cuál es el pase de balance al momento?

Obviamente, en este punto habrá múltiples miradas e interpretaciones pero veo este ejercicio como indispensable. Lo han planteado incluso líderes estudiantiles. No veo cómo el proceso de reflexión sobre lo hecho hasta ahora deba convertirse en un asunto dispensable. Es un asunto vital y no solo debemos esperar que se discuta y se atienda en la asamblea de estudiantes sino que, coincido con Pabón, los docentes debemos atenderlo detallada y minuiciosamente y de acuerdo con nuestras particularidades y posibilidades. Seguramente no todo el mundo tiene que coincidir con el autor en cuanto a la eficacia/ineficacia  de la última huelga estudiantil o de las estrategias que han convivido en esta etapa, pero sí creo que el artículo es una excelente oportunidad para abrir un debate genuino sobre este aspecto y la coyuntura en que nos encontramos como comunidad universitaria.

-4-
La cultura anti-intelectual y lo que ocurre en el salón de clases

De todos los temas que aborda Pabón este es el que más me provocó y el que más me ha mantenido en vela en los pasados días. Creo que es también un tema medular que tanto profesores como estudiantes debemos abordar con seriedad y esmero. Se trata de uno de los escenarios principalísimos de lo que constituye la Universidad y por lo tanto, no podríamos decir que defendemos el proyecto universitario sin pensar sobre esto. Dice Pabón:

“Fungir como docentes implica también cuestionarnos la cultura anti-intelectual que  menosprecia y desprecia la labor académica, particularmente el proceso que se da en el salón de clase. Por supuesto que la Universidad no se limita a lo que ocurre en el salón de clases. Claro que se hace universidad desde muchos otros espacios. La universidad no es el único espacio de producción intelectual en el país, pero sí es un espacio privilegiado de producción de conocimiento y cuestionamiento que hay que defender. Esto cobra más importancia ante un gobierno que quiere degradar este espacio y en el contexto de un país marcado por una fuerte cultura anti-intelectual de larga tradición. Más aún, se trata de una cultura que se ha reproducido entre importantes sectores en la Universidad.

Y nos lanza preguntas directas que conviene intentar responder:

“Cabe preguntarnos ante la coyuntura actual de crisis universitaria, ¿por qué y cómo dar clases se convirtió en una negación de la “defensa” de la Universidad? ¿Por qué se opta con tanta facilidad por la “estrategia” de paralizar las clases? ¿Por qué el menosprecio y  desprecio a las clases y lo que allí ocurre de parte de los sectores que han insistido en esta coyuntura que la “lucha por defender” la Universidad es igual a paralizar las clases? ¿Qué condiciones culturales y políticas han posibilitado que el anti-intelectualismo eche raíces no sólo entre “los administradores”, sino también entre importantes sectores estudiantiles y del profesorado en la Universidad?

No es la primera vez que se aborda este tema en el presente conflicto, la importancia del pensar, la dinámica del enseñar o el concepto mismo de Universidad (Véase como ejemplo las columnas aquí y aquí), pero las preguntas de Pabón en este escrito tienen la capacidad de invitarnos a reflexionar directamente en el cómo las estrategias que se proponen y se emplean para atajar esta crisis inevitablemente traen consigo una valoración particular de los escenarios que se está dispuesto a ‘sacrificar’ o a potenciar, o sobre los cuales se va a intervenir o a incidir como parte de la(s) estrategia(s). La pregunta es directa: ¿qué se gana o se pierde, cuánto se avanza o se retrocede, mediante la intervención directa con lo que ocurre en el salón de clase? (sea esta intervención un alto a lo que allí ocurre por parte de los profesores o una paralización por parte del estudiantado).

Obviamente, el autor nos ofrece sus respuestas y nos invita como profesores a considerar con ojos críticos si la paralización de la actividad que ocurre en el salón de clase es la mejor alternativa. Para él procede aprovechar lo que ocurre en el salón de clase y no paralizarlo, pero más importante aún, invita a quienes piensan que un detente sí es importante a preguntarse ¿por qué? Es una pregunta para la cual no he escuchado muchas respuestas o argumentos que inviten a un diálogo abierto que nos permita indagar más a fondo sobre las premisas que sustentan las respuestas.

Creo que habría que abordar con seriedad y detenimiento estas preguntas y desmenuzar las premisas que en más de una ocasión (nos) han llevado a privilegiar la estrategia de detener lo que ocurre en el salón de clases sobre otras, a pensar esa estrategia como LA alternativa. El planteo de Pabón es, me parece, que el tema no se ha explorado a fondo y que la razón para eso es que hay una cultura no cuestionada de anti-intelectualismo y desden por lo que allí ocurre. Se bien, porque lo he escuchado, que se dice que lo que allí ocurre no es ‘acción’ (se contrapone lo que allí ocurre a la acción de la misma forma que la notoria dicotomía entre teoría y praxis). También se dice que lo que allí ocurre es ‘normalidad’ o mantenerse allí implica la indiferencia y la comodidad. ¿Es así? ¿Por qué?

Pienso que sería un gran debate abordar estas preguntas y escudriñar las respuestas. Creo que hay un inmenso potencial al cual estamos llamados todos y todas. Para el gobierno lo que allí ocurre no parece ser importante, lo descarta e incluso como sabemos lo quiere eliminar, ¿Y para nosotros? ¿conviene hoy día detener lo que ocurre en el salón de clases? ¿conviene mantenerlo o sacarle provecho de más formas? ¿qué valor le damos a ese escenario y cómo lo privilegiamos o lo descartamos frente a otras acciones?

-5-
Su propuesta

Finalmente, Pabón nos lanza una propuesta. Podemos evaluarla, estar o no de acuerdo, debatirla en su complejidad. Lo que sería una tragedia es que la descartáramos sin discusión sustantiva, que continuáramos pasando página sin darnos la oportunidad de abordar estos temas que no son poco importantes, si bien no son fáciles y probablemente se han estado conversando por mucho tiempo en ciertos núcleos y se continuará la conversación.

El autor sugiere una valoración distinta de lo que ocurre en salón de clases. Por supuesto que no en todos los salones de clase ocurre lo mismo, pero si por algo se caracteriza la UPR (y por algo está en peligro) es precisamente porque lo que ocurre en esos salones de clase, en su mayoría, no es poca cosa. Algunos enfatizan que lo ocurre en esos salones de clase es precisamente un llamado constante e incondicional al cuestionamiento, al  desmontaje y la des-normalización del entorno y el mundo en que vivimos. Entonces, ¿qué hacemos con eso? ¿Vale la pena intentar potenciarlo?

Ciertamente y concretamente Pabón invita a ver el salón de clase como un aliado, invita a que sea un lugar a considerar para (des)normalizar, para organizar propuestas alternas frente a la administración. Invita a desde allí, promover el pensamiento, el diálogo, para explicitar y provocar ideas e incluso, añado yo, para pensar en cómo mejor ejecutarlas fuera de allí. Como señaló el profesor Luis Avilés en la red social de FB, Pabón propone una re-valoración del salón y de la universidad “como espacios de reflexión activa, sin barreras, donde se produzca un diálogo democrático y donde ningún grupo se imponga minoritariamente a una mayoría”.

Al sector docente Pabón le hace un llamado a repensar las estrategias adoptadas hasta el momento y pensar en otras para, desde la docencia, atajar las pérdidas que ya tenemos: el desmontaje y eliminación de sabáticas, licencias, aumentos, descargas, contratos, plazas.

¿Cómo hacerlo? Bien podría ser de la forma en que propone el autor o diferir y pensar en otras, múltiples, variadas. Lo importante sería reflexionar sobre lo que allí se señala, porque más allá de las diferencias que pueda tenerse respecto a los argumentos del profesor Pabón, éste lleva a cabo algo imprescindible: al escribir, lanzarnos preguntas y cuestionamientos, exponer sus ideas y argumentar sobre éstas, actúa como docente y nos invita a actuar como tal. Su escrito no debe pasarse por alto, debe tomarse en serio y leerse en su mejor luz para provocar posibles respuestas y llevar a cabo un debate sustantivo sobre estos asuntos.

10.2.11

Sépase que NO somos de esa clase

Foto de Xavier Araujo, END.
En el día de ayer el Juez del Tribunal Federal, José Antonio Fusté, emitió una orden requiriendo, entre otras cosas, la cancelación del nombre de dominio www.yonosoydelaclase.com por entender que el Colegio de Abogados estaba “directa o, al menos, indirectamente involucrado con el website”, en violación a una prohibición contra cualquier comunicación con su matrícula sobre el pleito de clase en su contra.

Asimismo, encontró incurso en desacato al Colegio por comunicarse con su matrícula sobre el particular por correo electrónico. Hoy, 10 de febrero, el Presidente del Colegio de Abogados fue arrestado por alguaciles federales, luego que se negara a cumplir con la orden de desacato.

Este es un blog independiente y no tiene ninguna relación con el Colegio de Abogados, por lo que no está sujeto a la Orden del Tribunal Federal que impide a funcionarios del Colegio expresarse sobre este caso y orientar a su matrícula sobre el caso. Véase también esta declaración en el blog Derechoalderecho con el cual contribuimos.

A tales efectos, y en el ejercicio pleno de nuestro derecho a la libertad de expresión, a continuación proveemos los siguientes documentos:

-Copia de la comunicación del Presidente de Abogados, según fue distribuida por email el 7 de febrero, por la cual fue encontrado incurso en desacato (Exhibit 1, Orden del Tribunal). 





-Un formulario preparado, siguiendo las instrucciones del “Notice to Class Action Law Suit”, que todo abogado y abogada puede usar para excluirse de la clase. Debe enviarse por correo con matasellos fechado en o antes del 26 de febrero de 2011. 

-El “Notice to class action law suit” del 26 de enero de 2011. 



-La Orden de Fusté del 9 de febrero, Ordenando el desacato. 





-Orden de Fusté del 10 de febrero, ordenando el arresto del Presidente del Colegio de Abogados tras negarse a cumplir con la orden de desacato. 



-Para mantenerte al tanto, visita


Yo No Soy de la Clase
Formulario
** Si ya enviaste tu exclusión es recomendable que la envíes de nuevo, debido a que el Tribunal Federal invalidó exclusiones a través de un formulario disponible anteriormente. Para ese caso, el profesor José Julián Álvarez González sugiere, mediante email circulado el 10/2/11, añadir el siguiente texto al formulario:

“Last week I sent you a similar notice but, since the order issued by Judge José A. Fusté on Feb. 9, 2011 raises doubts concerning that document’s validity, I hereby send this new one. I want it to be absolutely clear that I do not want to be part of this class and that to keep me within it would violate my rights of freedom of speech and association under the Constitution of the United States.”

Notice to class action law suit
La Orden de Fusté
Orden de Arresto
          ¡Comparte!

Tienen que salir (William Vázquez Irizarry) (UPR sin policías, YA)

¡Basta ya!

La presencia de la policía en el Recinto de Río Piedras de la UPR, que desde un inicio era desacertada y peligrosa, ayer se convirtió en insostenible.  Con los incidentes de la tarde debería surgir un consenso mínimo que trascienda las diferentes posiciones que existen sobre la pertinencia de la lucha contra la cuota y los mecanismos de expresión o acción estudiantil.

Necesario o no, hay ciertas cosas que quiero dejar claro al plantear esto. Quien escribe está lejos de tener un historial anti-policía.  Mis primeros años como abogado los ocupé defendiendo policías en demandas por violaciones de derechos civiles en el tribunal federal.  Luego de eso fueron muchas mis interacciones con altos funcionarios del cuerpo desde funciones administrativas en La Fortaleza y en el Departamento de Justicia.  Los veo ante todo como funcionarios y servidores públicos, por lo que rechazo la práctica de insultarlos genéricamente.  Al fin y al cabo, son nuestra policía y menospreciarlos como tontos y faltos de educación, es menospreciar a una parte de nosotros como comunidad.

He querido apostar, pues, a una aproximación inicial basada en el respeto.  Eso me permite sentirme lleno de la serenidad adecuada para condenar desde lo más profundo el rol que “nuestra” policía está jugando dentro de los predios de la universidad.

Las condiciones de plena desconfianza y suspicacia son óptimas para enfrentamientos e insultos, e incluso simples malentendidos que desemboquen en situaciones violentas.  En este momento, me parece secundario quién exactamente dijo qué durante la tarde para que se desencadenara el incidente que culminó en varios arrestos.  Lo que considero realmente importante es que en el ambiente que reina en el recinto, lo de esta tarde se puede repetir en cualquier momento.

De hecho, la realidad es que en cualquier escenario hay dos cosas que no cambiarán.  Primero, que la causa de éste y otros incidentes es la decisión irresponsable de mantener la presencia de la policía. Segundo, que la intervención de la policía se dará de manera desproporcional y fuera de los parámetros profesionales que deberían imperar.

En cuanto a la causa inmediata del problema, debo insistir que los eventos de hoy ejemplifican la crisis de manera más directa que cualquier otro incidente. Después de todo, adviértase que no se trató de un gran evento ni una concentración masiva.  Era una sencilla actividad de expresión, pero que se pretendió realizar en un recinto repleto de oficiales de la policía.  Repleto de policías regulares, oficiales de la unidad de arrestos, operaciones tácticas, SWAT y policía montada en sus caballos.  El ambiente es de constante tensión y esto es algo que la propia oficialidad de la policía seguramente ya percibe.
Se les nota a muchos el hastío, ya sea por cansancio o bien los ocasionales retos o  insultos a los que se ven expuestos.  Se les ve incluso actuar a algunos con particular resentimiento.  Si tienen razón o no para sentirse así es algo inmaterial en el contexto del saldo final: una situación de inseguridad permanente.

No se trata de simplemente etiquetarlos de abusadores.  Aun con lo poderosa que puede parecer esta denuncia, en muchas ocasiones la misma se hace “desde afuera” y sólo tiene el efecto de descalificar al policía como persona.  Me parece que en ocasiones habría que cuestionarlos en sus propios méritos como funcionarios públicos.  Me temo que si un panel externo de expertos en procesos policíacos de otras jurisdicciones estudiara las intervenciones de los pasados meses, nuestros policías no saldrían bien parados.
Sin embargo, tampoco veo razón alguna para esperar que en futuros incidentes se comporten de manera distinta. Después de todo, sus máximos jefes se han mostrado capaces de endosar cualquier tipo de exceso.

No creo, por tanto, que la situación sea salvable.  No hay estrategias ni acomodos posibles.  No hay contextos que entender o contemplar.  Tienen que salir.

Ese momento llegará y al día siguiente muchos cantarán victoria.  Pero ojo, en modo alguno habremos regresado a la normalidad pues la policía no es el problema de fondo de la universidad.  Imperará en ese instante la profunda necesidad de reflexionar sobre lo que ocurrió para que cada cual asuma entonces su responsabilidad en lograr que nunca más se repita.  En ese análisis de seguro habrá muchas visiones encontradas.  Mientras llegue ese momento, manda, ahora, reclamar ¡BASTA YA! a la presencia de nuestra policía en la Universidad de Puerto Rico.

6.2.11

El derecho no es una narrativa ‘maestra’ neutral (F. Atria y Simone Weil)

Ante el todavía insistente apego al Derecho como forma 'neutral' de atender los conflictos que enfrentamos, re-posteo un fragmento de Fernando Atria sobre la dupla Derecho y Política ("Legalismo, Política y Derechos", 2002), en la que señala la incapacidad del Derecho para atender los conflictos de una comunidad política. Para esto se vale de los planteos que Simone Weil hace sobre el particular. Dejo el extracto:

"Nótese que, habiendo aceptado el planteamiento de que la comunidad es un concepto interpretativo, tendríamos que rechazar la afirmación de que el derecho es el medio a través del cual se resuelve el desacuerdo interpretativo acerca de la comunidad. El derecho representa un juicio interpretativo: que la noción de comunidad recuperada interpretativamente es una noción que coincide con los límites nacionales, y sus miembros son ciudadanos. Pero podría haber interpretaciones en competencia: la afirmación post-interpretativa podría ser que la comunidad relevante es la que formo yo y mis compañeros trabajadores, unidos contra la explotación capitalista, o mis compañeros pro-life, unidos en la defensa de la inviolabilidad de la vida (o, desde luego, mis compañeros pro-choice, unidos contra el sometimiento de las mujeres), o mis compañeros mapuches, unidos contra el huinca

Una vez que consideramos este tipo de conflictos vemos que la política no puede estar sujeta al derecho, porque el derecho no es una narrativa ‘maestra’ neutral de la comunidad, sino sólo una más en competencia. El juicio interpretativo arraigado en el Derecho define al conflicto político como siempre comunal en el sentido de que es siempre-ya un conflicto entre ciudadanos, lo que significa que los límites y la naturaleza de la comunidad no pueden ser discutidosAl hacer esto, el derecho cumple una función ideológica, en tanto hace necesario lo que es contingente. 

Debemos resistir la estipulación del conflicto como siempre-ya comunitario porque ello impone un a priori donde debería haber una cuestión reflexiva.


‘Derecho’ es el nombre que le damos a tal estipulación".
 ...

"La idea del abogado de que los derechos no son verdaderos derechos si no son judicialmente protegidos, de que, como dijo la Corte Suprema argentina “es imposible defender la Constitución sin el poder para invalidar las leyes que se le oponen”, puede ser visto como una consecuencia de la retórica del lenguaje de los derechos: 

la noción de derechos está ligada a la noción de compartir, de intercambio, cantidad medible. Tiene un sabor comercial, esencialmente evocativo de afirmaciones y argumentos legales. Los derechos siempre son afirmados en un tono de contienda; y cuando este tono es adoptado deben estar apoyados por la fuerza, de otro modo serían motivo de burla” (Simone Weil, “An essay on human personality”, reimpreso como apéndice de McLellan, Simone Weil, Utopian Pessimist, Londres: Macmillan, 1989, p. 279). 

Para impedir que los derechos sean ‘motivo de burla’ debe ejercerse la fuerza, y en las democracias liberales esto sólo puede ser, o así parece, a través de alguna forma de imposición judicial. Pero la justicia no es reductible a los derechos: “la justicia consiste en velar por que no se haga ningún daño a los hombres, por lo que las instituciones justas deberían ser diseñadas de modo tal que las haga atentas al grito que señala injusticia, “¿por qué se me hace daño?”

Pero los derechos no son propicios para la atención: 

si le dices a alguien que tenga oídos para escuchar: ‘lo que me estás haciendo no es justo’ podrías tocar y despertar en su fuente el espíritu de atención y amor. Pero no sucede lo mismo con palabras como ‘tengo un derecho...’ o ‘no tienes derecho a...’. Éstas evocan una guerra latente y despiertan el espíritu de contienda. Ubicar la noción de derechos al centro de los conflictos sociales es inhibir cualquier posible impulso a la caridad en ambos bandos”. 

...Formular un conflicto en el lenguaje de los derechos implica, por una parte, que la posición por defecto es que el tema no es negociable, que está de alguna manera más allá de discusión

si alguien trata de intimidar a un granjero para que venda sus huevos a un precio reducido, el granjero puede decir: ‘Tengo derecho a quedarme con mis huevos si no consigo un precio lo suficientemente bueno’” (Weil, “An essay...”, cit. p. 280). 

...Cuando se aplica la retórica de los derechos a lo que en el texto principal llamo deberes básicos, ésta también distorsiona la representación de los conflictos, los despoja de su verdadero carácter; y por esto Simone Weil agrega inmediatamente

pero si una joven es prostituida en un burdel, ella no hablará de sus derechos. En semejante situación la palabra sonaría ridículamente inadecuada”. Esta es la razón fundamental por la cual “la noción de obligaciones viene antes que la de derechos, que es subordinada y relativa a la anterior” (S. WeilThe Need for Roots, Londres: Routledge, 1995; orig edn 1945, p. 3)".

5.2.11

Democracia y representación (Ranciere)

Democracia, república, representación 
(Fragmento de Jacques Ranciere, El Odio a la Democracia, 2005)
LLa palabra democracia, entonces, no designa propiamente ni una forma de sociedad ni una forma de gobierno. La «sociedad democrática» nunca es más que una pintura fantástica, destinada a sostener tal o cual principio de buen gobierno. Las sociedades, hoy como ayer, están organizadas por el juego de las oligarquías. Y no hay propiamente hablando gobierno democrático. Los gobiernos se ejercen siempre de la minoría a la mayoría. El «poder del pueblo» es entonces necesariamente heterotópico a la sociedad no-igualitaria como al gobierno oligárquico. Es lo que aparta al gobierno de sí mismo, apartando a la sociedad de sí misma. Es, entonces, también, lo que separa el ejercicio del gobierno de la representación de la sociedad.

Se simplifica a menudo la cuestión reduciéndola a la oposición entre democracia directa y democracia representativa. Se puede entonces hacer jugar simplemente la diferencia temporal y la oposición de la realidad a la utopía. La democracia directa, se dice, era buena para las ciudades griegas antiguas o los cantones suizos de la Edad Media, donde la población de los hombres libres podía reunirse en un solo lugar. Para nuestras vastas naciones y para nuestras sociedades modernas sólo conviene la democracia representativa. El argumento no es tan convincente como quisiera. A principios del siglo XIX, los representantes franceses no veían dificultad alguna en reunir en la prefectura del cantón a la totalidad de los electores. Bastaba para esto que los electores fuesen poco numerosos, lo que se conseguía fácilmente reservando el derecho de elegir representantes a los mejores de la nación, es decir, a los que podían pagar una cuota de trescientos francos. «La elección directa, decía entonces Benjamin Constant, constituye el único verdadero gobierno representativo.»


Y Hannah Arendt podía todavía, en 1963, ver el verdadero poder del pueblo en la forma revolucionaria de los consejos, donde se constituía la única elite política efectiva, la elite auto-seleccionada sobre el terreno de los que se sentían felices de tratar de la cosa pública.

Dicho de otra manera, la representación no ha sido jamás un sistema inventado para paliar el crecimiento de las poblaciones. No es una forma de adaptación de la democracia a los tiempos modernos y a los vastos espacios. Es, de pleno derecho, una forma oligárquica, una representación de minorías que tienen título para ocuparse de los asuntos comunes. En la historia de la representación, son los estados, las órdenes y las posesiones que son siempre representados en primer lugar, sea porque son considerados como dando título para ejercer el poder, sea porque un poder soberano les da una voz consultiva para la ocasión. Y la elección ya no es en sí una forma democrática por la cual el pueblo hace escuchar su voz. Es, en el origen, la expresión de un consentimiento que un poder superior demanda y que verdaderamente no es tal más que si es unánime. La evidencia que asimila la democracia a la forma del gobierno representativo, resultante de la elección, es muy reciente en la historia. La representación es en su origen el opuesto exacto de la democracia. Nadie lo ignora en el tiempo de las revoluciones americana y francesa. Los Padres Fundadores y muchos de sus émulos franceses veían en esto, justamente, el medio para que la elite ejerciera de hecho, en nombre del pueblo, el poder que era obligada a reconocerle, pero que este no sabría ejercer sin arruinar el principio mismo de gobierno35. Los discípulos de Rousseau, por su parte, no lo admiten más que al precio de rechazar lo que la palabra significa, esto es, la representación de intereses particulares. La voluntad general no se divide y los diputados no representan más que a la nación en general. La «democracia representativa» puede parecer hoy un pleonasmo. Pero ya ha sido un oximorón.

Esto no quiere decir que haga falta oponer las virtudes de la democracia directa a las mediaciones y a los desvíos de la representación, o reconducir las falsas apariencias de la democracia a la efectividad de una democracia real. Es tan falso identificar democracia y representación como decir que una es la refutación de la otra. Lo que significa la democracia es precisamente esto: las formas jurídico- políticas de las constituciones y las leyes estatales no reposan jamás sobre una sola y misma lógica. Lo que se llama «democracia representativa», y que es más exacto llamar sistema parlamentar o, como Raymond Aron, «régimen constitucional pluralista», es una forma mixta: una forma constitucional del Estado, inicialmente fundada sobre el privilegio de las elites «naturales», y desviada poco a poco de su función por las luchas democráticas. La historia sangrienta de las luchas por la reforma electoral en Gran Bretaña es sin dudas el mejor testimonio, complacientemente eclipsada por el idilio de una tradición inglesa de la democracia «liberal». El sufragio universal no es para nada una consecuencia natural de la democracia. La democracia no tiene consecuencias naturales precisamente porque es la división de la «naturaleza», el lazo roto entre propiedades naturales y formas de gobierno. El sufragio universal es una forma mixta, nacida de la oligarquía, desviada por el combate democrático y perpetuamente reconquistada por la oligarquía, que propone sus candidatos, y a veces sus decisiones, a la elección del cuerpo electoral, sin poder excluir jamás el riesgo de que el cuerpo electoral se comporte como una población de tirar a la suerte.

La democracia no se identifica jamás con una forma jurídico-política. Esto no quiere decir que sea indiferente a su respecto. Quiere decir que el poder del pueblo está siempre más acá y más allá de estas formas. Más acá, porque estas formas no pueden funcionar sin referirse, en última instancia, a este poder de los incompetentes que funda y niega el poder de los competentes, a esta igualdad que es necesaria al funcionamiento mismo de la máquina no-igualitaria. Más allá, porque las formas mismas que inscriben este poder resultan constantemente reapropiadas por el juego mismo de la máquina gubernamental, en la lógica «natural» de los títulos para gobernar, que es una lógica de indistinción de lo público y lo privado. Desde que el lazo con la naturaleza está cortado, desde que los gobiernos son obligados a figurarse como instancias de lo común de la comunidad, separados de la lógica de las relaciones de autoridad inmanentes a la reproducción del cuerpo social, existe una esfera pública, que es una esfera de encuentro y de conflicto entre las dos lógicas opuestas de la policía y de la política, del gobierno natural de las competencias sociales y del gobierno de no importa quién. La práctica espontánea de todo gobierno tiende a estrechar esta esfera pública, a tornarla su asunto privado y, para esto, rechazar del lado de la vida privada las intervenciones y los lugares de intervención de los actores no-estatales.

La democracia, entonces, lejos de ser una forma de vida de los individuos consagrados a su felicidad privada, es el proceso de lucha contra esta privatización, el proceso de ensanchamiento de esta esfera. Ensanchar la esfera pública no quiere decir, como pretende el llamado discurso liberal, la injerencia creciente del Estado en la sociedad. Quiere decir luchar contra la repartición de lo público y lo privado que asegura la doble dominación de la oligarquía en el Estado y en la sociedad.

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