11.7.13

¿Desposeernos para dejar de ser desposeídos?: una nueva performatividad en lo político

Hace unos meses comencé a anotar en este blog unas reflexiones producto de los trabajos y lecturas hechas en los últimos años relacionadas a lo común, lo político y el espacio de inter-relaciones. En Reflexiones 2: lo político no es personal, expuse brevemente que "hoy lo privatizado es precisamente lo político. La apariencia de un ámbito político en el cual podamos verter y develar lo antes escondido en la "esfera privada" ya no existe, pues aunque develemos lo escondido para llevarlo a lo político, allí la lógica que opera sigue siendo pasmosa y vorazmente privada (y sin ningún rubor)" y lanzábamos lo siguiente a menera de reflexión-provocación para un cuestionamiento más profundo: "Hoy es lo político lo que tendríamos que rescatar de su operación y racionalidad privada. Correspondería decir: lo político se ha privatizado. La consigna debería ser "Lo político no es personal"."

En otra de las reflexiones, Reflexiones 4: Entendidos ético-políticos ante un individualismo masificado, continué poniendo en aprieto la dupla dicotómica que mira los asuntos en los polos de lo individual versus lo colectivo: "El modelo de individuo y la libertad que terminó triunfante y se coronó a lo largo de todo ese proceso, terminó por convencernos de que toda neutralidad valorativa era (es?) un mejor precio a pagar que pensar en una nueva propuesta ético-política. Es la encarnación del prejuicio triunfante hacia cualquier concepto que se asemeje a lo político o a lo común entendido más allá del liberalismo capitalista. Al negar la idea de una o más propuestas ético políticas por temor a equivocarnos o por aferrarnos a la (solo aparente) libertad individual, paradójicamente sepultamos cada vez más nuestras posibilidades de libertad."

Sigo imbricada en estos temas y como parte de ellos, he comenzado a leer Dispossession: the performative in the political, un libro que organiza una especie de carteo o intercambios entre Judith Butler y Athena Athanasiou. Todavía me falta mucho por leer pero al saque veo que sus diálogos tienen la resonancia que busco precisamente para continuar las reflexiones que comencé con los temas antes expuestos. En un formato maravilloso, que tiene más de diálogo franco que de escritura hiper-académica, con los cánones que han restringido gran parte del decir desde los espacios académicos-intelectuales, estas dos intelectuales públicas se dan a la tarea de pensar en voz alta el concepto de la desposesión. Somos desposeídos, sí, pero el término es problemático así que lo abordan en toda su extensión y complejidad. 

¿A qué se refiere esta desposesión? Principalmente, a dos aspectos: en un primer plano somos desposeídos de nuestras subjetividades y en un segundo plano, tal cual la configuración del capitalismo moderno, la mayoría está y estará desposeída de las condiciones materiales que nutren su supervivencia y sus subjetividades a la vez. Ellas juegan con estos dos planos, los problematizan de forma tal que incluso la premisas del sentirse como poseedor a priori es cuestionado. De hecho, Butler se pregunta si es momento de, en el proceso de construir nuestras subjetividades, lo que ahora toca es de alguna forma sentirnos en la necesidad de desposeernos un poco, un poco nomás, hacia ciertas formas  de colectividades.

Yo lo traduciría así: ¿Por qué nos sentimos legitimados a hablar de sentirnos desposeídos cuando la controversia trata de derechos individuales -con un apriori claramente a tono con un liberalismo individual- que nos presupone individuos antes de cualquier subjetivación de la cual se nos priva, y sin embargo, parece hoy día cuesta arriba hablar legítimamente de los desposeídos de la tierra, de los medios, de la riqueza? Es decir, ¿por qué el apriori en este último caso no es el de que todos y todas deberíamos a priori ser legítimamente poseedores de lo que se nos privó? 

En todo caso, su diálogo busca atar estas dos formas de mirar la posesión y desposesión del sujeto. ¿Y cómo se relaciona esto con las reflexiones a las que hice alusión? El objetivo de este diálogo entre Butler y Athanasiou es precisamente poner en cuestionamiento las premisas de ese sujeto individual que el liberalismo construyó mediante el individuo que es soberano de su ser, y que para defender su subjetividad toma prenda de esa idea del individuo. Además, tienen un segundo objetivo, buscar cómo en la resistencia contra la desposesión en su segundo plano, la material, también se reproduce la idea de un sujeto-individuo que quiere reivindicar sus derechos propietarios, que también parten de la premisa liberal del individuo que enfrenta a la colectividad. 

Lo que he leído hasta ahora me parece no solo fascinantemente expuesto sino muy bien ilustrado con ejemplos de los movimientos sociales contemporáneos y controversias más álgidas: Israel-Palestina, los sin Tierra en diversas partes del mundo, las reivindicaciones de derechos sexuales y reproductivos, los reclamos de grupos indígenas en Australia, América Latina y Canadá, entre otros.

¿Cómo resignificamos esta dicotomía de lo individual versus lo colectivo que nos ha llevado al desgaste de la democracia liberal? ¿Cómo concebir un nuevo colectivo, un 'nosotros', común, que sea capaz de reconocer las subjetividades que algunos también quisieran erradicar? Esto en gran parte ha motivado mis búsquedas en estos meses (quizás años con el cuestionamiento de las premisas libertarias del Derecho de Propiedad) y por ahí van las reflexiones que he compartido en este blog. Y es eso también lo que encuentro en este diálogo en este libro.  Judith Butler lo expone hermosamente cuando usa la frase de "libertad con otros". Creo que en el fondo de eso se trata, de resignificar la idea de las 'libertades individuales' y quizás comenzar a hablar de libertades con los otros. En su prefacio, ellas definen su proyecto del libro de la siguiente forma:

"So we take up the question of how to become dispossessed of the sovereign self and enter into forms of collectivity that oppose forms of dispossession that systematically jettison populations from modes of collective belonging and justice".

Continuará...

éft
11 julio 2013.


6.7.13

La autoridad del Derecho en "The Law in these parts"

La autoridad del Derecho en The Law in these parts
Érika Fontánez Torres



Mientras hay autoridad, ni siquiera se plantea la pregunta [por el poder]; poder junto con autoridad es solamente un poder secundario. Por primera vez cuando no hay ninguna autoridad, se plantea el problema del poder.

- Hannah Arendt

For me these laws do not exist
- Acusado palestino en su alocución frente a la corte militar Israeli.


¿Con qué autoridad un gobierno mantiene el ejercicio del poder por tanto tiempo, la violencia sobre un pueblo? ¿Cómo construye ese poder un andamiaje justificativo ante los ojos del mundo para llevar a cabo las más atroces violaciones de derechos humanos, la ocupación de un territorio, el ejercicio de la fuerza sobre seres humanos que no son siquiera sus ciudadanos? ¿Con qué racionalidad le justifica al mundo ejercer el poder sobre un pueblo que nunca prestó su consentimiento, privarle de su espacio y lugar, de sus necesidades básicas, administrar sus cuerpos, privarlos de la vida misma? ¿Cómo se crea esa autoridad sostenida día a día, además de con la crasa y burda violencia?


En The Law in these parts (2011), Ra'anan Alexandrowicz, parece decirnos que el Derecho es una de esas formas de sostener la ficción de una autoridad para estos propósitos. El contexto singular es el “conflicto” Israel-Palestina y la creación de un sistema legal y una corte militar para adjudicar controversias legales en el territorio ocupado por Israel desde 1967. ¿Cómo justificar imponer un sistema de ley y orden, un rule of law, sobre sujetos que no son ciudadanos, no tienen los derechos del resto de los ciudadanos de Israel, por lo que no pueden ser juzgados en sus cortes y tampoco se trata de un territorio que Israel tiene la intención de ‘anexar’, usando el mismo término de la explicación que ofreció uno de los asesores legales? ¿Con qué autoridad se impone un sistema de reglas y obligaciones que los sujetos de un territorio están llamados a cumplir? 

Alexandrovics tiene la intención de develar cómo la creación de un sistema jurídico contribuye a crear esa autoridad necesaria para sostener el poder. Pero más aún, el documentalista nos pone de frente a los protagonistas de la creación de este sistema jurídico, les pide cuentas, les confronta con las propias inconsistencias del pequeño gran monstruo de su creación, los incomoda. Mediante la intercalación de su narración, las preguntas y respuestas a los expertos del Derecho -que primero fueron creadores del rule of law que sirve al Estado de Israel y luego pasaron a ser los jueces militares de las controversias creadas a raíz de la ocupación territorio Palestino- las opiniones y documentos judiciales y las imágenes de décadas de ocupación, Alexandrovics señala al sistema legal como uno de los cómplices de la violenta saga Israel-Palestina. 

Dividido en cinco partes, el documental nos ubica en el desarrollo de ese sistema jurídico y sus implicaciones. Nos muestra, como en todo contexto, cómo un sistema legal es algo construido, cómo las doctrinas jurídicas son pensadas y estratégicamente seleccionadas, cómo la interpretación y el lenguaje jurídico tal ameba, asume formas, nutre y a la vez se adapta a las circunstancias de su ambiente y cómo sirve, aún con sus limitaciones, para sostener la autoridad que nubla la pregunta por el poder. ¿Pero es todo poderoso ese sistema jurídico y esa racionalidad? Definitivamente que no. Hay fisuras, contradicciones y sin duda en el contexto Palestino esa intención de autoridad del rule of law de Israel no ha ofrecido la comunicación necesaria para sostener esa autoridad sin que se ponga en cuestionamiento el ejercicio burdo del poder. Eso también se muestra en el documental, particularmente a través de las alocuciones y declaraciones de los acusados para quienes nunca esa autoridad ejercida ha sido reconocida legítimamente. Para los jueces entrevistados la autoridad de ese derecho es obvia, para los palestinos no es sino una dimensión más de la fuerza y la violencia contra ellos: “For me these laws do not exist”.

En lo que sigue haré una breve reseña de las partes del documental, solo respecto a aquellos ejemplos, planteos y preguntas que considero universales, es decir, que sirven para cuestionar no solo el contexto Israel-Palestina sino la idea misma del rule of law o más bien del Derecho, como elemento fundante de autoridad y de ejercicio del poder y sobre los operadores (expertos) del Derecho y las dimensiones éticas del ejercicio de ese expertise.

En el principio fue el rule of law: Órdenes y proclamas (Parte I del documental)

Comienza el narrador preguntándonos ¿Qué es el Derecho? Contesta la respuesta usual: El Derecho es un grupo de reglas y normas que organizan la vida de los habitantes de un lugar en particular. Pero también, nos dice: el Derecho define los derechos y las obligaciones que existen entre los individuos y entre los individuos y las autoridades del Estado. La pregunta clave en esta parte del documental es aquella por la autoridad para crear y hacer cumplir ese Derecho, ese sistema de normas a partir de la ocupación de un territorio. ¿Cómo puede sostenerse la autoridad y la validez de un sistema de normas que se aplican a sujetos que nunca consintieron a obligarse por éste, a sujetos que ni siquiera son ciudadanos de Estado que mediante proclama y orden anuncia una nueva forma de convivencia, unas nuevas reglas para ser, so pena de ser castigado?. 

La primera órden, según explica uno de los jueces entrevistados, fue sencilla: “Life is different now”. La vida la rige ahora un sistema de reglas creado para millones de personas a quienes no se interesa reconocer como sujetos ciudadanos del Estado ocupante y para un territorio que formalmente no se quiere anexar al territorio de origen. ¿Quiénes idean estas distinciones? Los expertos, abogados del gobierno de Israel y asesores de la milicia que, expertos en doctrinas jurídicas y en la creación de nuevas, detallan en el ‘Manual para el Abogado Militar’ la diferencia entre ‘an occupied territory’ y ‘a held territory’. En efecto, esos profesionales expertos diseñaron y dieron forma al sistema juridico que hoy día todavía se le aplica a los palestinos: “A legal professional’s work is hidden by its very nature, it is carried out in a language mosto f us do not understand”. Y con esas sutilezas en el lenguaje, la vida en efecto comienza a ser distinta. 

Autoridad y validez son dos de los conceptos más importantes para la teoría jurídica. Esta parte del documental pone en la mirilla cómo se generan ambas cosas.

Cientos de órdenes y proclamar se comenzaron a publicar. Anunciaban, sin más, que la vida sería distinta. Se le dio autoridad a las normas impuestas por Israel. Se anunció su validez, como se anuncia a viva voz cualquier enunciación, tenga escucha o no. Así, el origen de un estado de derecho que, sin pedirlo, fue definiendo la vida de millones de palestinos a partir de 1967.

El Derecho como creador de identidades: Terroristas y criminales (Parte II)

En la parte ‘Terroristas y Criminales’, el documental nos ubica en las múltiples formas en que el sistema jurídico, los jueces, los juicios, las sentencias, contribuyen a conformar identidades particulares. El contexto son los juicios militares en Gaza, con fiscales militares, jueces militares, en hebreo y con traductores. Nos muestra también el desarrollo de los juicios y los cargos criminales presentados, desde acusaciones por repartir boletines, participar en demostraciones y protestas, hasta cargos por actuaciones violentas.

En particular, el entrevistador trae a la memoria de uno de los jueces un caso de la acusación de una mujer a la que se encarceló por darle comida, pan y sardinas, a un hombre en una cueva. 1976. Arifa Ibrahim fue sentenciada a cumplir año y medio en prisión. ¿No es algo que haría todo ser humano como parte de su condición humana, alimentar a otro en necesidad? Contesta el Juez: Ese hombre en esa cueva, como otros, no era considerado un humano, sino una serpiente venenosas. Como tal hay que tratarlos. Recalca: “order and justice do not always go hand in hand”. Un Juez menos sofisticado que otros, podría decirse, pero hay otros, con mucha más astucia, como quienes redactaron aquella mucho más sofisticada sentencia emitida en 1969 en la que se determinó que los arrestados en el territorio ocupado no eran prisioneros de guerra (POW’s) según el Derecho Internacional ni la Convención de Ginebra. ¿Cómo habrían de serlo?, se preguntó el Tribunal, si pertenecen a organizaciones, son miembros de organizaciones a su vez terroristas.

Y así, como esas, otras.

La creación de doctrinas jurídicas: Dead Land (Parte III)

¿Qué se permite hacer en el territorio ocupado por el poder militar y qué no? A esa pregunta se enfrentó el Tribunal Supremo de Israel cuando el gobierno israelí no solo comenzó a administrar las tierras palestinas para fines militares o a administrar los sujetos que vivían en ellas, sino que comenzó a promover el establecimiento de miles de ciudadanos de Israel y el uso de las tierras para fines privados y promovió el establecimiento de viviendas de israelíes donde antes se ubicaban los palestinos. ¿Podía Israel, según el Derecho Internacional, darle ese uso a las tierras que estaba supuesto a usar solo para propósitos de seguridad y temporeramente?

El Supremo, para el enfado del gobierno de Israel, determinó que no, que el gobierno sí podía utilizar las tierras privadamente pero solo temporeramente y para propósitos de seguridad nacional, no para darlas para vivienda o fines agrícolas a otros isreaelíes.

Inmediatamente el gobierno convocó a expertos legales. No hay problema, uno de los asesores dijo. ¿qué tal aquella doctrina del derecho de propiedad conocida como “Dead Land”? Como en efecto, según el Supremo, la ley aplicable no era la ley del Estado de Israel, entonces, ideó el asesor, retrotraigamos el Derecho a la Ley del Imperio Otomano. Según esta ley, las tierras en manos de palestinos que no fueran cultivadas por un periodo de 3 años o más, retornarían al Imperio. Pero ahora, así iría el argumento legal, el Imperio es la milicia del estado de Israel, así que aquellas tierras de palestinos que no puedan probar que las han cultivado en los últimos tres años, pueden ser adquiridas por el Ejército y dadas en usufructo a lo nuevos ocupantes israelíes. Cientos de acres fueron transferidos al estado y de ahí a los nuevos ocupantes, dando comienzo a décadas de disputas entre los nuevos ocupantes y los ‘sujetos’ ocupados.

El narrador se pregunta: ¿de dónde salió la conexión con la ley del Imperio Otomano? Él no la ve, dice. Los palestinos tampoco. El experto legal sí. Y esa es la doctrina aplicable hoy día, el estado de derecho.

La adjudicación del Derecho: Soluciones Apropiadas (Parte IV)

¿Qué hacer con la Intifada? ¿Cómo lidiar con cientos, miles de juicios, 50,000 arrestados? El documentalista va al fondo del pragmatismo jurídico y en la entrevista a los jueces logra que éstos expliciten su noción del Derecho, cómo tuvieron que interpretarlo para ayudar al sistema militar a resolver la situación y buscar soluciones ‘apropiadas’. ¿Qué creen los jueces sobre su quehacer en una situación como esta? 

El narrador es directo. Nos dice: ustedes ven lo que yo decido que vean mediante mi edición. De la misma forma los jueces nos presentan una verdad, una secuencia de hechos, mediante sus opiniones. Al igual que en la película Los Juicios de Nuremberg, en esta parte podemos atisbar diferentes tipos de jueces: aquellos que están convencidos de la verdad que esbozan, aquellos que reconocen su pragmatismo y el papel que juegan en el engranaje y los que dudan, pero a la postre actúan como parte del sistema porque están convencidos de que ante lo que se confronta, ‘hace falta una solución legal’.

La imparcialidad de los jueces: El Juez y el Enemigo (Parte V)

La última parte es quizás la más significativa desde el punto de vista de los operadores jurídicos y la necesidad de pedirle cuentas a estos personajes expertos que el documentalista consigue hábilmente entrevistar. Son jueces retirados, que miran al pasado, algunos con orgullos, otros a la defensiva, otros quizás más reflexivos. ¿Tiene algo que ver su quehacer con el hoy y el ahora del conflicto? Las respuestas son elocuentes. ¿Dónde está la línea ética del ejercicio de su profesión, del uso de su expertise? ¿Sabían ustedes de las torturas? Sí, pero ¿qué podía hacer?, responde uno de los jueces con rabia en la mirada. Otro lo justifica: “Como Juez militar yo no represento a la justicia, represento al Estado de Israel. La ley está escrita y mi trabajo es conducir un juicio contra el enemigo”.

“Si lo volvieran a nombrar como Juez hoy día, aceptaría? Sí.” 

¿Aceptarían los ciudadanos de Israel un sistema legal con estas características?, se pregunta el documentalista, que es ciudadano de Israel. ¿Es este sistema legal, responsable de alguna forma del desarrollo y las dimensiones que ha adquirido este conflicto? ¿Son responsables sus expertos, sus operadores jurídicos? ¿Hay alguna línea que estos individuos no debieron cruzar? ¿Quién es responsable en el Derecho? ¿Quiénes son responsables de ese mapa del Derecho, según opera por esos lares?

éft
5 de julio 2013

4.7.13

Poema y dedicatoria: "What kind of times are these" (Adrienne Rich, Chloé Georas)

Inmenso, intenso y hermoso poema de Adrienne Rich: "What kind of times are these". Y tengo el privilegio de recibirlo -en estos días, en estos tiempos- con la siguiente dedicatoria, que  me honra y comparto, de mi amiga y hermana Chloé Georas:

"hermana érika, te dedico este poema de adrienne rich, uno de mis favoritos, porque entiendes la necesidad de hablar de los árboles y los silencios en los claros de los bosques."

Columna: Legal (Miguel Rodríguez Casellas)

Columna de Miguel Rodríguez Casellas, publicada hoy 4 de julio de 2013 en El Nuevo Día. Muy relevante a nuestros temas y a esa autoridad del discurso jurídico que, aunque casi herida de muerte en estos tiempos, aún empaña suficiente las instancias del poder. 


Legal
Miguel Rodríguez Casellas

Entre los antiguos sumerios, “lugal” era el término que designaba al rey o al supremo jefe de estado. Nuestro “legal” viene del antiguo “lugal”, según algunos estudiosos de la etimología del término. Otros dicen que “legal” viene directamente del latín, sin reconocer el vínculo aún más arcaico a Mesopotamia.

Esta distinción de términos tiene claros elementos ideológicos. Mientras el latín “legere” denomina el acto pasivo de lectura y recopilación, acciones muy vinculadas al Derecho, el término sumerio alude a una fuente de autoridad suprema, un principio universal de orden, personificado en la figura del rey.

Sobrevive en la concepción contemporánea del Derecho la pretensión supremacista de una verdad universal, de un principio positivo que ordena desde la justicia, y contra ella también.

Entregar toda la justicia al principio legal ha sido, desde mi perspectiva, el mayor fracaso de la cultura occidental, y son muchas las voces de intelectuales y filósofos, pero más inquietante aún, de abogados, las que nos lo están advirtiendo.

Los abusos del Estado contra los ciudadanos, amparado en su autoridad legal, dejan de ser cuentos de anarquista paranoico frente a las revelaciones de espionaje ciudadano que amigos de la justicia, como es el “soplón” Edward Snowden, han traído a la palestra pública. La cuestionable legalidad, y absoluta inmoralidad, con la que la autoridad imperial norteamericana persigue a este Prometeo moderno violenta la propia ficción democrática con la que pretendían mantener el orden.

Lo que antes podía ser visto como retórica marxista panfletera, ya es diagnóstico cotidiano al hablar de nuestro ordenamiento jurídico: que la legalidad no es un “pasivo” acto de recopilación y lectura de disposiciones, sino la imposición de un poder supremo contra toda ética y respeto moral.

Entre la criminalización de Snowden, la mucama dominicana fungiendo de chivo expiatorio para proteger a sabrá Dios quien, y el sometimiento de las cortes a los intereses de los bonistas antes que a los retirados querellantes, es difícil contemplar a los sumerios sin pensar que al menos ellos eran más honestos en vender la autoridad arbitraria del gobierno como un principio natural e inapelable.

24.6.13

Tres hilos del poder que estrangulan a los más vulnerables


El Tribunal Supremo de Puerto Rico, en una decisión 5-4, avaló mayoritariamente la ley que privó a un grupo sustancial de trabajadoras y trabajadores de sus derechos adquiridos respecto a su pensión y circunstancias de retiro. Pero contrario a lo que habíamos visto en los últimos años, los cinco de mayoría en esta ocasión no tienen el perfil tradicional, su alineación no es de una mayoría azul contra una minoría roja. 

Para comenzar, el gobierno cambió: gobierna otro partido aunque implanta políticas públicas muy similares a las anteriores -sobre todo en materia laboral y socio-económica. Siendo así, más allá de que el gobierno sea azul o rojo, si las políticas socio-económicas son las mismas, los del rojo que antes se opusieron tenaz y vocalmente a la famosa Ley 7 -que en el gobierno de los azules provocó el despido de miles de empleados públicos,-hoy directa o indirectamente dan su anuencia a la Reforma de Retiro. Pero reforma por reforma, roja o azul, lo cierto es que el impacto recae sobre los más vulnerables, en este caso otra gran parte de empleados del servicio público justo al final de su carrera. Los vulnerables, que frente al gobierno azul fueron demandantes y ahora frente al gobierno rojo son demandantes también, pierden en ambos casos. Y, como era de esperarse, desde el Tribunal Supremo hoy ese aval cuenta con una mayoría distinta, que incluye tanto a los jueces nombrados por el gobierno del partido azul como jueces nombrados por el partido ahora en el poder, los rojos (y aquí rojo nada tiene que ver con su acepción en el Siglo XX).

No, la nueva-nueva-mayoría que hoy avala la "reforma de retiro" (laboral), no se trata de una 'mayoría' nombrada por el Partido Nuevo Progresista (PNP) versus una 'minoría' nombrada por el Partido Popular Democrático (PPD). Las líneas esta vez cambian significativamente ante un gobierno que repite lo que el PNP en la toma de decisiones y opta, una vez más, por afectar a los más vulnerables. La diferencia es que quienes antes criticaron la política pública del PNP que afectó a los empleados y empleadas, hoy no la critican con la misma vehemencia y quienes antes disintieron, hoy se convierten en novísima mayoría. Por eso, ya antes, y en más de una ocasión, he sido enfática en que cualquier análisis sobre el comportamiento decisional del Tribunal Supremo debe abarcar criterios más allá de los tradicionalmente partidistas. Cito de esta columna del 2010:

"Al igual que la discusión en el resto de los temas en el país, en el análisis del poder que tiene el Tribunal Supremo urge salir de la dicotomía PNP v PPD. Evidentemente, lo ocurrido en estos días hay que denunciarlo vigorosamente como un acto reprochable del partido en el poder y, peor aún, de los propios jueces que con su actuación asumen una identidad ‘estadista’ en su ubicación desde el Tribunal Supremo. No obstante, si bien las pujas de poder evidentes ante nuestros ojos nos indican disputas y diferencias partidistas éstas, ni remotamente son las únicas.
En el ámbito de la política, también se podría describir personajes de uno y otro partido en términos de ideologías, visiones de mundo, discursos, creencias y no encontraría diferencia alguna. Falta complejizar, ir a los detalles de las diferencias, cuál es su filosofía política, cómo conciben al Estado, qué políticas libertarias o igualitarias proponen, qué políticas públicas guiarán su gestión política. Lo mismo sucede con el Tribunal Supremo. Podríamos decir que son pocos los casos que se atienden en clave partidista. Para quienes acuden al Tribunal a reivindicar derechos hay otros asuntos que urge conocer sobre cómo piensan estos jueces y para los cuales quizás no hay distinciones entre ellos, o muy pocas, o quizás con un debate robusto en esa dirección podamos comenzar a romper los bloques partidistas.
Piénsese en los temas de familia: ¿cómo conciben la familia? ¿cuán conservadores son en términos de concebir al matrimonio como único arreglo institucional constitucionalmente válido? ¿qué lectura constitucional privilegian en términos de los derechos al matrimonio igualitario? ¿qué interpretación están dispuestos o dispuestas a adoptar respecto al derecho a la intimidad? ¿respecto al derecho al divorcio no contencioso? ¿cuál es su respuesta adjudicativa cuando un demandante va al Tribunal a exigir que se le reconozca la libertad de hacer un cambio de nombre porque ha cambiado su sexo?
En muchos de estos temas no habrá diferencia o habrá muy poca si los jueces o juezas pertenecen a uno u otro partido, pero estas diferencias pasan desapercibidas porque a la hora de los nombramientos o de hablarse públicamente sobre el Supremo no se hacen estas distinciones. Estos temas se invisibilizan y el Tribunal adopta, cómodamente y sin ruido, decisiones sumamente conservadoras, restrictivas de derechos fundamentales importantes, incluso en cruces de líneas partidistas. Lo mismo con respecto a su visión sobre los derechos sociales, la protección al propietario con poder económico, la protección del individuo frente al Estado en casos criminales, los derechos laborales, la separación de Iglesia y Estado." (Rasgar las paredes del Poder Judicial, Revista 80grados, 12 de noviembre de 2010).

Los disidentes de hoy son cuatro jueces nombrados por el PNP. Quienes fueron disidentes en la Opinión de la Ley 7, hoy son parte de la nueva-nueva-mayoría. Por los criterios que esboza en su opinión, destaco entre los disidentes la opinión del Juez asociado Estrella Martínez, disponible aquí, y de la cual cito un fragmento que vale la pena destacar. Me parece importante seguirle la pista a las opiniones de este Juez en controversias futuras, particularmente en temas como el de este caso, pues ha demostrado hasta ahora un temperamento judicial interesante, con independencia de criterio (al menos en lo que va desde su nombramiento) y cierta sensibilidad hacia los reclamos de los más vulnerables. Cito de la opinión disidente del Juez asociado Estrella Martínez:

"Hoy todos los trabajadores peticionarios se enfrentan a una ley que menoscaba sustancialmente las obligaciones sustraídas por el Estado.

Además, se enfrentan a la realidad que revela el antiguo proverbio de que la cuerda triple no se corta fácilmente. En efecto, el hilo del ejecutivo, el hilo del legislativo y el hilo de una mayoría de este tribunal se ha entrelazado para crear una soga que, lejos de cortarse, ha estrangulado los derechos de los empleados públicos del Gobierno de Puerto Rico. Ciertamente, la soga no cortó por los más finos, cortó por los más humildes: los asalariados, los trabajadores, los que subsisten de quincena en quincena. Con ello, queda acreditado que las acciones de los componentes de esa cuerda triple, han convertido en chatarra las obligaciones contractuales del Estado con los trabajadores y han degradado las garantías constitucionales del Pueblo...
...
De tal manera, (la mayoría del Tribunal) permite(n) que el Estado cancele su compromiso laboral con los servidores públicos, … “pretendiendo amoldazar al Poder Judicial” en el proceso. En efecto, dos hilos se han entrelazado armoniozamente con un hilo de la mayoría de este Tribunal y el resultado irremediable es que la cuerda triple amordazó la justicia.

Al así obrar, la opinion mayoritaria le da la espalda al trabajador puertorriqueño, permitiendo que el Estado le imponga la carga de sus errores a los servidores públicos que confiaron en él.” (énfasis mío).

Seguiremos atentas desde aquí al desarrollo de la adjudicación de este Juez, y como hasta ahora, al comportamiento en la adjudicación y fundamentación de cada uno de los miembros del Tribunal, con la complejidad que merece y más allá de la tradicional óptica de la línea partidista. Sigo con la metáfora del Juez Estrella: observamos atentas los hilos -visibles e invisibles- que estrangulan la justicia.

20.6.13

La Justicia, para resguardar a los más débiles (Roberto Gargarella)

IMG_3674
Foto por Roberto Gargarella
Columna de Roberto Gargarella sobre el Poder judicial: La Justicia, para resguardar a los más débiles. (Página 12).

20/06/13
En estos días se discute mucho acerca del Poder Judicial como poder “contramayoritario”. Sin embargo, ¿qué quiere decir que la Justicia sea un poder contramayoritario?
¿Y es eso bueno o malo?
Ante todo, el Poder Judicial fue pensado como uno capaz de resistir las decisiones mayoritarias. Dicha posibilidad no fue vista como negativa –una amenaza capaz de poner en riesgo a la democracia constitucional- sino como una de las principales razones que justificaban su existencia. La idea era la siguiente. La democracia constitucional (que no es lo mismo que una democracia a secas) se propone asegurar dos objetivos cruciales: garantizar el respeto tanto de los derechos de las mayorías como los de las minorías. Por ello mismo se crearon dos ramas políticas del Poder (el Ejecutivo y el Legislativo) destinadas primordialmente a asegurar la representación y defensa de los intereses de las mayorías, a la vez que se diseñó una tercera rama, más alejada de la política (el Poder Judicial), con el objeto fundamental de resguardar los derechos de las minorías.
Para conseguir ambos fines, los medios a emplear no eran obvios. Buscándolos, se imaginó que la forma de elección (directa desde el pueblo, o apenas indirecta), la permanencia relativamente breve en los cargos, y la posibilidad de reelección inmediata eran herramientas que podían facilitar que las ramas políticas estuvieran más cerca de la ciudadanía general y más pendientes de satisfacer sus demandas. En cambio, la elección muy indirecta de los jueces superiores, así como la estabilidad de sus miembros en sus cargos (estabilidad de por vida) iban a “separar” a la justicia del pueblo (un objetivo por tanto deseado) y facilitar así que ellos estuvieran menos pendientes de la próxima elección y más dispuestos a proteger a las minorías.
La lógica de dicho esquema no era nada absurda. Por un lado, parece acertado favorecer que las ramas políticas estén pendientes de las elecciones. Idealmente, ello llevará a sus miembros a tomar medidas para satisfacer a la mayoría de los votantes, logrando así uno de los dos objetivos de la democracia constitucional.
Lo mismo ocurre, en principio, con el Poder Judicial y el modo (contramayoritario) con que fue organizado: dicho diseño puede ayudar a la defensa de las minorías, y así a lograr el segundo objetivo constitucional. Por ejemplo, en un momento de crisis económica y pérdida de empleo, la mayoría de la ciudadanía puede desarrollar ánimos hostiles contra los inmigrantes que “amenazan con ocupar los pocos lugares de trabajo que existen”. Puede ocurrir, entonces, que muchos representantes políticos que ambicionan ser reelectos comiencen a tomar medidas contra esos inmigrantes. Frente a una situación como la citada, parece óptimo que los jueces no dependan de la próxima elección para mantenerse en sus cargos. Ello les permitirá decidir de acuerdo a la Constitución (que está comprometida con la defensa de los derechos de cada uno) y así proteger a las minorías amenazadas, frente al riesgo de opresiones mayoritarias.
Por supuesto, este diseño institucional –interesante en muchos aspectos– entraña obvios y gravísimos riesgos.
Un riesgo es que, por esa buscada separación entre la Justicia y la ciudadanía, la Justicia comience a tomar decisiones contra las mayorías y no necesariamente a favor de las minorías desaventajadas. Peor aún, puede ocurrir que algunos jueces tiendan a favorecer con su accionar a las minorías más poderosas, y no a las más vulnerables. Este riesgo ha llevado a algunos a proponer que la Justicia se convierta, también, en un poder mayoritario. Sin embargo, de ese modo echan por la borda lo mejor que promete el diseño hoy existente: que la Justicia proteja a los críticos del gobierno de turno. Es decir, se propone un remedio que puede ser peor que la enfermedad.
Lo peor de todo es que los críticos del carácter contramayoritario de la Justicia suelen olvidarse de un riesgo paralelo al que les preocupa: que los poderes políticos pretendidamente mayoritarios comiencen a tomar medidas en su propio favor y a favor de sus amigos, y no a favor de las mayorías que dicen proteger.
La pintura completa, entonces, resulta aterradora. Puede ocurrir que algunos jueces –actuando en nombre de las minorías– se inclinen a favorecer a las minorías más poderosas, mientras que los políticos oficialistas –actuando en nombre de las mayorías– se inclinen por impulsar medidas destinadas a favorecerse a sí mismos y a los empresarios cercanos. En ese contexto, reformar la Justicia para convertirla en un poder decididamente mayoritario promete dejarnos con el peor de los mundos posibles: disidentes sin protección y el poder político más corrupto de la historia democrática contemporánea, bien protegido.


13.6.13

Juan Pablo Mañalich: “El temor a la AC es la patología de la historia política de Chile” | El Dínamo

Entrevista a nuestro querido amigo y colega Juan Pablo Mañalich: “el temor a la Asamblea Constituyente es la patología de la historia política de Chile”.
Juan Pablo Mañalich: “El temor a la AC es la patología de la historia política de Chile” | El Dínamo: " “el temor a la Asamblea Constituyente es la patología de la historia política de Chile”"

Juan Pablo Mañalich / Boris Yaikin C.Juan Pablo Mañalich / Boris Yaikin C.
El hijo PS del ministro de Salud, Jaime Mañalich, firmó junto a otros 120 profesores de Derecho una inserción llamando a “marcar tu voto por una Asamblea Constituyente”. En esta entrevista dice que hay temores infundados a esta vía y explica porqué está por la candidatura de Bachelet.
Este domingo, Juan Pablo Mañalich, profesor del Departamento de Ciencias Penales de la Universidad de Chile e hijo mayor del ministro de Salud, Jaime Mañalich, nuevamente apareció firmando un texto público.
Esta vez no fue una carta al director apoyando el matrimonio homosexual. El abogado que se inscribió en el Partido Socialista el 12 de marzo del 2010 -pocas horas después de que Sebastián Piñera asumiera como Presidente de Chile- firmó, junto a más de 120 profesores de Derecho de varias universidades, una inserción llamando a “marcar tu voto por una Asamblea Constituyente”.
Mañalich ganó notoriedad en medio de las movilizaciones estudiantiles cuando criticó  la llamada Ley Hinzpeter al ser invitado como penalista a la Cámara de Diputados, y señaló luego que ese proyecto“pretende criminalizar la participación en marchas”.  Pese a haber estado 14 meses en Alemania haciendo una residencia post doctoral, dice que siente “gran expectación por cómo se viene el año en lo político”.
A pocos pasos de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, y con un café en una mano y un libro en la otra, el jurista accedió a conversar con El Dínamo para defender la vía de una Asamblea Constituyente. Dice que es un mecanismo  “especialmente idóneo para dar lugar a un proceso constituyente” y acusa de “falta de honestidad intelectual” a quienes advierten que la medida va por fuera de la institucionalidad.
Además señala que “el temor a la Asamblea Constituyente es la patología de la historia política de Chile”y que en nuestra sociedad “hay un sector de la derecha chilena a la cual el pueblo de Chile debería tenerle justificado temor”.
Asimismo, señala que sin un candidato que haya votado por el No en el Plebiscito de 1988, “la derecha jamás hubiese llegado al poder”. Un tema vetado, sin embargo, es la gestión de su padre en la cartera de Salud. Dice que  prefiere “pasar”, porque afirma no le gusta “introducir la variable ‘familiar’”.
- Fuiste uno de los 112 profesores de derecho que llamaron este domingo a marcar el voto en las próximas elecciones presidenciales por una Asamblea Constituyente. ¿Por qué surge esta iniciativa?
-La iniciativa específica de publicar ese extracto en ese medio de prensa ese día, surge a consecuencia de un esfuerzo de parte de un grupo de académicos que quizá tiene en común pertenecer a un determinado eslabón generacional, con matices, por apoyar esta convocatoria que ya se encuentra institucionalizada a través de esta campaña Marca tu voto, y que promueve la táctica de que en la elección de noviembre de este año, quienes sufraguen dejen un registro escrito en el voto de la demanda de un proceso constituyente en Chile.
Lo crucial de parte de los profesores que suscribimos esa declaración es dar cuenta de la razonabilidad y la urgencia de hacer oídos a esa demanda por un proceso que culmine con una constitución democráticamente legítima para Chile. El punto consiste en que sean profesores de derecho quienes suscriben esa declaración, precisamente para salir al frente de quienes sugieren o afirman que la propuesta de favorecer un proceso constituyente – o quizá cabría decir reconstituyente- en Chile, responda a pulsiones y oleajes provenientes de países vecinos, hermanos a lo nuestros, que en modo alguno necesitan corresponderse con la situación que vive en Chile.
-Si el Servel anunció que no contabilizará los AC en los votos y hay una cuarta urna, sirve seguir llamando a marcar el voto?
-No me sorprende, pero eso no obsta que puede tener sentido marcar el voto, porque el cómputo del Servel es el que tiene relevancia para determinar el resultado del proceso electoral en su conjunto, pero eso no quiere decir que informalmente pueda hacerse un cómputo políticamente relevante de los votos marcados de esa manera. Nadie está esperando que el Servel explícitamente oficialice cuál sea la prevalencia de esa eventual marca del voto. Lo que importa es que eventualmente pueda constatarse por parte del pueblo de Chile que hay una voluntad abrumadoramente mayoritaria favorable a una redefinición constitucional de la forma política de Chile, esa es la apuesta.
-¿Qué contexto político social facilita la aplicación de una Asamblea Constituyente? Existen esas características hoy en Chile?
-Tengo cierto recelo frente al intento de justificar, o a rechazar, una iniciativa como esta por referencia de lo que ha sido el caso en países vecinos de Chile y también por referencia de países que no son vecinos pero que en nuestra tradición cultural y política tienen importancia inequívoca, como el caso de España y el proceso de Génesis de la Constitución post-franquista. Y no porque yo creo que uno no pueda aprender de esos procesos, todo lo contrario. Sino que porque yo pienso que la cuestión relevante hoy día en Chile es en qué situación se encuentra el país y en qué medida un proceso de redefinición constituyente, más que entroncar con procesos similares o disimiles desarrollados en otros lugares, se hace cargo de un proceso histórico truncado en Chile.
Creo que la pregunta por la legitimidad de un proceso constituyente en Chile tiene que estar más bien referida a la situación que vive Chile transcurrido más de 20 años de gobierno post dictactorial y transcurrido, desde su aprobación en un plebiscito dudoso, 30 años de primero progresiva y después definitiva, vigencia de la constitución de Pinochet.
Entonces, ¿que la Constitución se impuso de manera ilegítima podría ser uno de los principales fundamentos a favor de la AC?
-Ese diagnóstico se queda corto, porque el problema no es la sola falta de legitimidad de origen, sino que hay una conexión interna entre esa falta de legitimidad de origen, -y no cualquier falta de legitimidad de origen, sino que esa Constitución que llegó a imponerse bajo las circunstancias que vivía Chile en 1980- y la imposibilidad de revertir esa ilegitimidad de origen (…) ¿Es casualidad que esa Constitución haya sido impuesta de ese modo? No es casualidad alguna y por eso que la vida política de los chilenos y chilenas bajo esa Constitución está llegando a un punto ciego porque la práctica política ha demostrado al cabo de estos veintitantos años que es imposible que el pueblo de Chile se apropie de esa Constitución como propia.
Esto queda demostrado con los muchos intentos de reforma a la Constitución…
-Justamente a propósito de eso, me llaman mucho la atención argumentos del tipo, ‘ojo, que esta Constitución ha sido modificada en un sinnúmero de ocasiones’, lo cual demuestra la posibilidad del proceso político posterior de redefinir sus términos. Pero  esto no es una consideración puramente cuantitativa en el sentido de que nos detengamos a contar cuántas modificaciones ha sufrido esta Constitución. La pregunta es si esas modificaciones han podido tener impacto en la forma en que la práctica política se desenvuelve, y la respuesta a esa pregunta es evidente: no, no ha podido. Pero el punto es que no ha podido porque no puede.

“El mito del orden Portaliano”

¿En este momento es el único camino la Asamblea Constituyente? ¿De qué otra forma podría llegar a establecerse una nueva Constitución en Chile?
-Tengo la impresión de que uno se ha encontrado en esta discusión con el siguiente problema: ¿es la asamblea constituyente un simple medio para alcanzar un fin? Cuando discutimos sobre Asamblea Constituyente estamos discutiendo sobre un mecanismo para impulsar un proceso que tendría que culminar en la adopción por parte del pueblo de Chile de una Constitución que el pueblo de Chile reconozca como propia. Hay algo infundado en la idea de que en razón de lo anterior, una Asamblea Constituyente es un simple medio entre otros. Digo eso porque yo pienso que uno llega a la demanda por una Asamblea Constituyente como el mecanismo a privilegiar por decirlo así, porque uno llega por defecto. Si uno se imagina otras posibilidades , esas otras posibilidades no resultan igualmente atractivas desde el punto de vista de la fuerza legitimante del mecanismo, o bien no resultan viables de facto.
¿Pero cuáles son esas posibilidades?
-Es que la Constitución de 1980 no va a ser objeto de una transformación vía práctica política que se someta ingenuamente a los términos de esa Constitución. Ese es el resultado irrefutable que arroja los 20 años de gobierno de la Concertación. Mantenerse ingenuamente dentro de los términos de la Constitución de 1980 no va a llevar a un proceso de redefinición que logre abrir espacio para un proceso político diferente. No significa que la única posibilidad sea recurrir al mecanismo de Asamblea Constituyente, pero yo pienso que la que uno tiene que ver es que una Asamblea Constituyente es un mecanismo especialmente idóneo para dar lugar a un proceso constituyente. El concepto de Asamblea Constituyente es un concepto que no tiene una sustancia intrínseca. No tiene una sustancia propia. Asamblea constituyente es asamblea con capacidad de dar lugar a un proceso constituyente, por lo tanto, cuál sea la forma de ese proceso no es algo que esté prejuzgado por el concepto de Asamblea Constituyente. Y no hay nada en la experiencia histórica inmediata de los países vecinos, de lo no tan vecinos, o de los intentos fallidos que arroja la propia historia política de Chile, que nos fuerce a vernos encasillados dentro de posibilidades prefiguradas. La radical fuerza política de un proceso constituyente está dada por la circunstancia de que no hay términos anteriores a ese proceso constituyente que puedan determinar cuál será su resultado. Creo que eso en parte explica por qué hay tanto temor asociado al uso de esa etiqueta, pero ese es un temor que es la patología de la historia política de Chile. O sea, lo que algunos historiadores y constitucionalistas llaman el mito del ‘orden Portaliano’. La república de Chile jamás ha estado preparada para hacerse la pregunta en primera persona plural de cómo vamos a definir los términos de nuestra propia vida política.
Crees que “si se votara en el Congreso Nacional y se formara la Asamblea Constituyente, la derecha sería ampliamente más representada en dicha instancia que las fuerzas que hoy la propugnan o solicitan”, como dijo Escalona?-A lo que creo que esa observación apunta es a que hay un sector de la derecha chilena respecto de la cual el pueblo de Chile debería experimentar justificado temor y eso es algo que uno no puede soslayar y el punto creo que ha tratado de desatacar Camilo Escalona varias veces va por ahí. Ahora, es difícil establecer un punto de vista neutral a la hora de juzgar si eso es sabiduría históricamente obtenida por parte de personas que perteneces a la generación de Escalona que fueron protagonistas y testigos del terror que en Chile miles de personas sufrieron como expresión de esa disposición política de la derecha chilena. Por eso marcaba que era importante al grupo generacional a la que pertenece el grupo de profesores que suscribimos esa declaración. Siendo del todo sensato el llamado a la prudencia, yo no creo que la situación política de Chile sea prudente apostar por el esfuerzo de dar lugar a una transformación de proceso político en términos internos a lo que hace posible a la constitución de 1980, no creo que eso sea prudente. Y creo que ese es el punto de la tan citada y mal entendida observación de mi colega Fernando Atria respecto a que la salida de la situación en que nos encontramos va a tener lugar por las buenas o las malas, en el sentido de que no es prudente esperar que ocurra por las malas. (…) No creo que sea prudente esperar a que podamos transitar un camino institucional ingenuamente desde adentro,  porque ya sabemos que eso no va a ocurrir.
¿La idea de la AC  surge por el gobierno de Piñera y los movimientos sociales que surgieron en él?
-Yo tengo la impresión de que con la llegada de la derecha a La Moneda, se cortó un hilo que era muy fino pero nada de débil y que consistía en una cierta solidaridad con el hecho de que al menos parcialmente quienes tenían el poder político bajo los términos de la Constitución de Pinochet no estaban del todo cómodos con el orden que les tocaba administrar. Ahora yo no creo que eso sea una señal de virtud moral de la Concertación, ni mucho menos. Michelle Bachelet personificaba la incomodidad con la administración de un orden, en cierta medida creo, ajeno. Al asumir el gobierno actual cualquier sensación de incomodidad pasó al olvido. Eso es algo que, en terminología economista, uno podría decir como una externalidad positiva del hecho de que el actual gobierno esté ejerciendo el poder. Esa solidaridad algo derrotista llegó a su fin inmediatamente. El punto es que creo que eso ya es irreversible.
En esa línea, lo más probable es que no exista un segundo gobierno de Alianza entonces…
-Creo que sin un candidato que en su momento se hubiese declarado partidario de votar que No en el plebiscito de 1988, la derecha jamás hubiese llegado al poder. Entiendo que los candidatos que están ahora en posición no caben bajo esa descripción. Y creo que eso a la vez da cierta luz de por qué la Concertación se mantuvo en el poder durante esos 20 años, a pesar de la inequívoca decepción creciente por parte de su propio electorado. Creo que buena parte de las personas que votamos por Lagos o Bachelet lo hicimos para impedir que quienes validaron, apoyaron, aceptaron o no condenaron la desaparición de personas, el exterminio de adversarios, la tortura como método de gobierno, se hicieran de nuevo del poder formal.

“Voy a votar por Michelle Bachelet”

Eres militante PS, ¿Michelle Bachelet es tu candidata o no lo tienes tan claro aún?
Sí, lo tengo claro. Voy a votar por Michelle Bachelet.
¿Y por qué votarás por ella?
-En las circunstancias actuales no se me ocurriría votar por un candidato distinto. Precisamente en el momento en que se ha abierto la posibilidad de la conformación de una fuerza mayoritaria que impugne y supere el orden impuesto a través de la Constitución de Pinochet. Es necesario colaborar en el esfuerzo de que esa posibilidad se materialice. La única candidatura que está algo más cerca de poder generar la plataforma política necesaria para ello es, actualmente, la candidatura de Michelle Bachelet. Por supuesto, estoy consciente de que esto puede sugerir alguna dosis de candor. Pero pienso que sin una cierta dosis de candor no es posible apostar por la transformación del status quo. El día en que todos seamos cínicos será el día en que ya no haya espacio para la política.
En el debate ella dijo que la opción de la AC era una alternativa más y que solo podía llamarse dentro de un marco institucional. ¿Qué opinas de eso?
-Entiendo que esa es una definición que aún está pendiente al interior de su equipo. El favorecimiento de un proceso consituyente a través de la vía de una Asamblea Constituyente en los términos que ha sido presentado en la parrilla de posibilidades que se estarían barajando no va por fuera de la institucionalidad. Entiendo que la propuesta que se ha asociado a uno de los miembros de este comité asesor no es -a pesar de la caricatura- una propuesta que se sitúe por fuera de la institucionalidad. Ahí lo que se está constatando es  la posibilidad de impugnar ante el Tribunal Constitucional una convocatoria a plebiscito por parte del Presidente o la Presidenta de la República depende de la concurrencia de la voluntad de los integrantes de una u otra cámara, a diferencia de lo que sucede para la impugnación ante el Tribunal Constitucional de la constitucionalidad de alguna ley, y en la medida en que esa posibilidad de impugnación no se active, entonces en términos de la constitución vigente no podría haber objeción a su validez. Y es muy interesante eso que para un jurista, abogado, debería ser más o menos evidente, sea objeto de tanto tremendismo en la discusión más especializada, me llama la atención la imagen del derecho que se muestra en algunos pronunciamientos que han sido especialmente ácidos de la vialidad jurídica de esa propuesta.
Y se ha satanizado ampliamente desde todos los sectores…
-O sea, eso se puede decir y habrá que ver quién tiene los mejores argumentos al final, pero descartarla como una vía que va por fuera de la institucionalidad, me parece especialmente ingenuo, porque no hay nada en esa propuesta que suponga contravenir esa institucionalidad. O sea se están interpretando determinadas disposiciones de la constitución vigente y se están sacando consecuencias desde el punto de vista de lo que es posible hacer en atención a esas disposiciones según cómo se encuentran redactadas esas disposiciones. Y digamos, eso es algo que caracteriza a la profesión del abogado en su cotidianidad más obvia, solo veo falta de honestidad intelectual en esa objeción. No estoy diciendo que haya deshonestidad intelectual en la oposición per se a esa vía, sino que revestir con esa argumentación las posiciones sabidas no es intelectualmente honesto.
Los estudiantes han sido muy críticos de la ambigüedad de la candidata de tu partido. ¿Crees que existen razones para encantarse con candidaturas alternativas como la de Marcel Claude?
-Hay muchas razones que explican por qué la candidatura de Marcel Claude puede estar resultando atractiva para personas que han hecho suyas demandas que están definiendo la agenda política actual y, por supuesto,  que hay justificadísimo recelo y resquemor respecto de la viabilidad de que otras candidaturas puedan materializar el proceso político que lleve a la realización de esas demandas. Pero eso define cualquier escenario de campaña electoral y no veo ninguna razón para alarmarse por eso. Me parece del todo sensato y si algún candidato o candidata quiere disputar ese sector del electorado va a tener que dar muestras de su compromiso con el proceso conducente a la transformación del país en esa línea.

7.6.13

Nueva Revista de Teoría del Derecho

Nueva Revista de Teoría del Derecho (Universidad de Palermo). Convocatoria para presentar artículos aquí. (Gracias al muy queridísimo amigo y colega Lucas Arrimada por compartirlo en Ante la Ley).

6.6.13

The Friendship of Mary McCarthy and Hannah Arendt (The New Yorker)

The Friendship of Mary McCarthy and Hannah Arendt : The New Yorker: "THE FORMIDABLE FRIENDSHIP OF MARY MCCARTHY AND HANNAH ARENDT
MICHELLE DEAN (The New Yorker)


In the new film “Hannah Arendt,” the political theorist’s friendship with the novelist and critic Mary McCarthy gets its first cinematic treatment. The results are not good. McCarthy, played by Janet McTeer, is blowsily silly—and though she could be wicked and subversively funny, McCarthy was far from silly. Nearly every exchange between the two women is about men and love. It is symptomatic of a trend, I think. We are in a moment of unprecedented popular interest in the matter of female friendship, and this has been greeted as a triumph for feminism. But what we get, for all that, is rather flat portraiture: women giggling about crushes before finding real fulfillment in heterosexual romance and the grail of marriage. It’s a shame, because many women hunger for models of intellectual self-confidence, and female friendships can be rich soil for them. McCarthy and Arendt’s “love affair”—as their friends described it—was a union of ferocious minds, but it was hardly unusual. Women talk about ideas among themselves all the time. It would be nice if the culture could catch up.
hannah-arendt-table-290.jpeg
To give just a sample of the subjects McCarthy and Arendt talked and wrote to each other about: George Eliot, Cartesianism, Eldridge Cleaver, Kant, G. Gordon Liddy, and Sartre. Both women were members of the Partisan Reviewcrowd, who spent much of their time talking about Stalin and Trotsky. It was at a party at an editor’s house that the friendship hit a snag. McCarthy said she felt almost sorry for Hitler; that he seemed to want the citizens of occupied France tolike him struck her as ridiculous. It took four years for Arendt, who’d only narrowly evaded Nazi clutches, to forgive the remark. To her, pity for Hitler was not just absurd but offensive. A truce was struck on the Astor Place subway platform, where Arendt approached McCarthy after a meeting and said, “Let’s end this nonsense. We think so much alike.”
“We think so much alike.” In this magazine, in 1995, Claudia Roth Pierpont called the statement a “richly productive lie.” These days, McCarthy is not recalled as a thinker at all. She’s been portrayed as the woman who insulted Lillian Hellman, on “The Dick Cavett Show”; for people who watch “Mad Men,” she’s the author of the novel (“The Group”) that Betty Draper was reading in the bath. (Larissa MacFarquhar once referred to McCarthy’s novels as “strange failures.”) A recent article in the Times claimed that she was all style. She’s remembered (when she’s remembered at all) as a woman whose talent for insult ultimately did not amount to much, literarily speaking. McCarthy made herself a target of sexist condescension, the thinking goes, by writing primarily of inconsequential things, by being “minor” in her choice of subject. Even those who defend her style as elegant and forceful concede that what she actually said and wrote was, at best, of secondary importance.
Many of McCarthy’s contemporaries suggested, or said flat out, that they didn’t know what Arendt saw in her. But Arendt didn’t find her friend’s intellect so obviously minor. She sent McCarthy manuscripts to consider and edit; their letters are laced not only with gossip and household reports but with arguments about what constitutes fiction, about the reach of Fascism, about individual morality and common sense. In other words, Arendt thought there was more to McCarthy than pure cocktail-party style. And Arendt, as they say, was no dummy.
* * *
The friendship had an element of social strategy to it. It seems no accident, for example, that the subway-platform reconciliation was cemented when Arendt read McCarthy’s novel “The Oasis.” (The novel has long been out of print, but Melville House will reissue it on June 11th.) The book, typical of McCarthy, is a lightly veiled parody of the circles she and Arendt frequented. In it, a group of urban intellectuals starts a utopian colony in New England, which is promptly torn apart by the kind of esoteric infighting that seems to happen when people are united by little but ideology. (In “The Oasis,” the opposing camps are called Purists and Realists.) Frances Kiernan, one of McCarthy’s biographers, has noted that the novel is a bit like “Animal Farm.”
As usual, though, not everyone found McCarthy’s ridicule funny. Some of her friends were good sports about the fun she had at their expense—Dwight Macdonald, in particular, was unruffled. But Philip Rahv, who had been McCarthy’s lover before she married Edmund Wilson, threatened to sue to stop publication (he later backed off). Diana Trilling, the wife of Lionel and another of the small number of women admitted to the circle, went around calling McCarthy a “thug.”
But Arendt liked the book. She said that it was “pure delight…a veritable little masterpiece.” Arendt was not a literary critic, and her opinion might not be convincing to those who find the novel deficient as a work of art. But it can’t be an accident that she was amused by the satire, that she saw herself as standing enough apart from this crowd to make fun of them. And, indeed, Arendt had had her clashes with men, too. As David Laskin’s “Partisans,” a history of New York intellectuals, observed, though she was welcomed as refreshingly “European,” many men thought Arendt was imperious; she was not much concerned with coddling her co-interlocutors. Even to ostensible friends, like Alfred Kazin, she conducted herself in conversation “as if she were standing up alone in a foreign land and in a foreign tongue against powerful forces of error.”
Some referred to her as “Hannah Arrogance.” Others tried to make her out as the silly female they thought McCarthy to be, including Delmore Schwartz, who called Arendt “that Weimar Republic flapper.” Saul Bellow, in particular, was caustic; he told Kiernan that Arendt “looked like George Arliss playing Disraeli.” (Actually, Arendt was considered a great beauty in her youth.) His hostility hardly went unnoticed—“I have the impression he avoids me, and let it go at that,” Arendt remarked after trying to see Bellow in Chicago.
As much as McCarthy and Arendt are retroactively lodged within this circle of men who explain things (the “boys,” in the vernacular of the women’s correspondence), they both understood a more complex reality. They saw that the men’s admiration for them, such as it was, was laced with hostility. To be fair, they didn’t have much good to say about most of the men, either. Of Bellow, for example, McCarthy wrote to Arendt:
I hear that Saul is in poor shape again, attacking what he calls the American Establishment, meaning his critics. He gave a lecture in London and the audience was asked to stay in its seats for ten minutes (or five?) after the lecture was over, so that no one would approach him for his autograph on the way to his getaway car.
Of Kazin, who’d written an attack on McCarthy, Arendt wrote:
These people get worse as they get older, and in this case it is just a matter of envy. Envy is a monster.
For Arendt and McCarthy, their alignment, and their shared position as outsiders, became clear in 1963, when “Eichmann in Jerusalem” (Arendt’s report on Adolf Eichmann’s trial in Jerusalem, which appeared as a five-part series in this magazine) and “The Group” (McCarthy’s novel about eight Vassar graduates making mistakes in New York) were published. The two very different books caused very similar levels of fuss in the literary and intellectual worlds. Both women felt betrayed by hostile reviews in publications run by people they considered friends—Arendt was mauled by Lionel Abel in the Partisan Review, and McCarthy was parodied by Elizabeth Hardwick (using the pen name Xaiver Prynne) in the New York Review of Books, then pilloried again in that publication, by Norman Mailer. They sent each other palliative letters. “That the ‘boys’ have tried to turn against you seems to me only natural,” Arendt wrote, “and I think it has more to do with ‘The Group’ being a best-seller than with any political matters.” McCarthy responded, “It occurs to me that a desire to make a sensation has taken precedence in New York over everything else. The literary and intellectual world is turning into a series of Happenings, like the one at the Edinburgh Theatre Conference where a naked girl was introduced into the auditorium.”
The two women were certainly not the first to enjoy this kind of close intellectual bond. But the particular shape theirs took, that of a bulwark against their naysayers, is worth considering, particularly when so many women still struggle to assert critical authority, to make men listen to their claims about the workplace, art, literature, and politics.
* * *
It would be a mistake to think of Arendt and McCarthy’s alliance as the result of some shared sense of “sisterhood,” in the parlance of the second wave. Neither was particularly sympathetic with what they called “women’s lib.” A graduate supervisor of mine, Jennifer Nedelsky, of the University of Toronto, was a student of Arendt’s in the nineteen-seventies. She remembers riding in an elevator to a seminar with Arendt. On Nedelsky’s coat was a button for the Chicago Women’s Liberation Union. Arendt noticed it, pointed, and, drawing her finger around in slow, disdainful circles, said to Nedelsky, “This is not zerious.”
McCarthy was slightly less disdainful, though she said that Arendt’s views influenced her, and that she was not a feminist. In a 1986 lecture, she admitted, “There are so many kinds of feminists. I’m sort of sympathetic with the wrong kind. That is, with Betty Friedan, and so on. I happen to like her.” (In a letter, she called Germaine Greer “an absurd Australian giantess.” And she periodically conceded to having felt under siege by men, although she insisted that she didn’t feel unfairly targeted as a woman.) It seems clear that McCarthy and Arendt thought of whatever sisterhood they had as a personal affinity, not a political affiliation.
In any event, there is proof that personal affinity triumphed over strategic alliances. Arendt and McCarthy didn’t much like the other women they’d run into in their social world. Diana Trilling complained that they were rude to her, primarily because they classified her as one of “the wives.” Indeed, McCarthy wrote to Arendt that Trilling, who had written to theN.Y.R.B. criticizing McCarthy’s report on Vietnam, “is such a fool, if she didn’t occupy her absurd place in the New York establishment, they would have thrown her letter in the wastebasket.”
And then there was Susan Sontag. When she appeared on the scene, in the early nineteen-sixties, Sontag was immediately enamored of Arendt, who read Sontag’s first novel and enjoyed it. But, later, something soured. “And what about her?” McCarthy teased Arendt in a 1967 letter. “When I last watched her with you at the Lowells’, it was clear that she was going to seek to conquer you. Or that she had fallen in love with you—the same thing. Anyway, did she?” According to Renata Adler, Arendt never cared for Sontag, though history doesn’t record why, not yet.
But you can make too much of Arendt and McCarthy’s feeling no special obligation toward other women. The problem with sisterhood—the idea of a sunny alliance on the basis of a shared feminine fate—has always been that it deprives women of all individual taste, history, and temperament. In short, it can insist that women not be human beings. And if you are like Arendt and McCarthy, if you like to write and argue and criticize, the only basis for the importance of your general claims—those beyond your particular experience—is the fact that you are human, like everybody else. And humans, after all, need friends to act as sounding boards for ideas as much as for gossip. The trick, as Arendt and McCarthy knew, is simply finding the right person for it.
Michelle Dean is a writer and journalist at work on a book about female intellectuals.
Top: Mary McCarthy in Paris in 1971. Photograph by Enrico Sarsini/Time & Life Pictures/Getty. Portrait of Hannah Arendt, 1944. By Fred Stein Archive/Archive Photos/Getty



poder, espacio y ambiente's Fan Box