6.6.11

Convocatoria de ANDA para nuevos miembros.

La Asociación Nacional de Derecho Ambiental, Inc. (ANDA) se complace en abrir una convocatoria para su Membresía. 
ANDA es un centro de derecho ambiental, sin fines de lucro, dirigido a facilitar el acceso a la justicia a sectores de escasos recursos económicos, y a promover el apoderamiento comunitario. La organización persigue alcanzar un Puerto Rico en el que todas y todos, sin discrimen alguno, tengan garantías de participación activa en los procesos de toma de decisiones de impacto ambiental, obtengan el mismo grado de protección ante riesgos ambientales, y disfruten de acceso equitativo a los recursos naturales. Los esfuerzos de ANDA están dirigidos a la educación, asesoría y el litigio.
Aquellas personas interesadas en ser integrantes de ANDA deberán informar su interés mediante una solicitud que incluya:
  • Resumé o curriculum vitae que incluya experiencias laborales o voluntarias en asuntos ambientales o comunitarios.
  • Ensayo sobre las razones por las cuales interesa pertenecer a ANDA, así como las iniciativas que pueda interesar desarrollar con la organización. (Máximo de 300 palabras).
  • El nombre e información de contacto de al menos dos (2) personas que puedan servir de referencia. Al menos una de las referencias deberá ser de una persona que pueda hablar del trabajo voluntario del candidato o candidata.
Interesados e interesadas deberán enviar una solicitud completa en o antes de 19 de junio de 2011 info@andapr.org o al PO Box 364852, San Juan, PR 00936-4852
Puede acceder la convocatoria, así como los requisitos para ser miembro en nuestro blog.
Siéntanse en la libertad de enviare este mensaje a cualquier persona que pudiera estar interesada de pertenecer a este proyecto de justicia ambiental.

5.6.11

Detlef y Felizitas



Walter Benjamin a Gretel Karplus

San Antonio (Ibiza), mediados de mayo, 1932

Querida Gretel Karplus:
Así son las cosas; doce horas después de que le hubiera mandado mi última carta, recibí la suya, con la que me siento infinitamente aliviado. Quizá sea solo la incapacidad de acoger en uno, tal como nos llegan, una serie de días sin nubes lo que genera preguntas tan opresivas como las que circulaban por mi última carta. Es que toma su tiempo hasta que uno se adapta a una situación climática tan extraña, cuando no hay cierto confort de hotel que medie entre nosotros y el paisaje. De la fotito adjunta deducirá usted cuán lejos estamos aquí de algo semejante. Pasadas varias semanas de trabajos, los conocidos que hicieron revivir esta casita después de años de decadencia lograron hacer de ella algo muy habitable. Lo mejor es la vista al mar y a una isla rocosa cuyo faro me ilumina por la noche, así como el aislamiento que ofrece la casa entre quienes la habitan, gracias a la distribución inteligente de los ambientes y las paredes de casi un metro, que no dejan pasar ningún sonido (ni calor). Llevo una vida como esa que los centenarios confiesan a los periodistas como su secreto: me levanto a las siete de la mañana y me baño en el mar, a la redonda, nadie en la costa y, en el mejor de los casos, a la altura de mi frente, un velero sobre el horizonte; más tarde, apoyado contra un tronco dócil del bosque, tomo sol, cuyas fuerzas curativas se propagan por mi cabeza a través del prisma de una sátira de Gide (Paludes). 

Luego, un largo día de abstención de innumerables cosas –menos porque acorten la vida que porque no existen o son tan malas que uno prefiere dejarlas de lado–: luz eléctrica y manteca, aguardiente y agua corriente, coqueteos y lectura de periódicos. Porque ojear el Frankfurter Zeitung con una semana de demora tiene más bien un carácter épico. Y si usted agrega a eso que toda mi correspondencia la recibe Wissing –que hasta ahora no me ha reenviado ni siquiera una sola carta– verá que no estoy exagerando. Pasé mucho del último tiempo sentado con libros y escrituras; recién en estos días me emancipé de mis paseos junto a la orilla y estuve haciendo algunas grandes caminatas solitarias en la región, que es aún más grande, y más solitaria. Sólo durante estas caminatas llegué a tener una conciencia clara de estar en España. De todos los habitables, estos paisajes son los más ásperos e intactos que jamás haya visto. Es difícil dar una idea clara de ellos; si finalmente lo consigo, ya se enterará usted. Hasta el momento no he tomado muchas notas con este propósito, pero me sorprendí retomando la forma de exposición de dirección única para un cierto número de objetos que están relacionados con los más importantes de ese libro. Acaso pueda mostrarle algo de esto en Berlín. Entonces hablaremos también sobre Córcega. Es muy bueno que haya visto todo eso, el paisaje tiene realmente mucho de español; pero creo que allá el verano no graba unos rasgos tan duros e intensos en la tierra. Espero que se haya alojado un par de días en el Grandhotel de Ajaccio, maravillosamente silencioso y pasado de moda. Creo que en el transcurso de las próximas semanas lograré volver; pero nunca puedo tomar una verdadera resolución respecto de las fechas exactas. Lo entenderá si le digo que aquí vivo con una pequeña porción de lo que necesito en Berlín; por eso estoy estirando la estadía tanto como sea posible y no estaré de regreso antes de principios de agosto. Pero hasta ese momento, espero haber recibido muchas noticias de usted.

Sí, si pudiera pedirle un pequeño regalo alentado por la sugerencia de su carta, que me alegró mucho, sería que me enviase un pequeño sobre de tabaco como “muestra sin valor comercial” –Allright de Von Eicken u otro–-. En la isla no hay ninguno que sea fumable.

Yo también recibí una carta de Daga, y poco antes de mi partida, también una de su madre. Por lo demás, estuve dos semanas hundido completamente en el ruso: acabo de leer la historia de la revolución de febrero de Trotsky y estoy a punto de terminar su autobiografía. Tiene usted que leer estos dos libros, sin duda alguna. ¿Sabe si el segundo tomo de la historia de la revolución –Octubre– ya salió? Pronto retomaré a Gracián y escribiré algo sobre el tema.

Muchos saludos de amistad y buenos deseos
Suyo
Walter Benjamin


Gretel Karplus a Walter Benjamin
Berlín, 30 de marzo de 1933

Walter Benjamin, querido:
Apenas salió ayer mi respuesta, recibí su segunda carta y quisiera responderla de inmediato, así las fotos le llegan todavía a París. Y aunque ahora no esté usted completamente solo, lo que me alegra especialmente, quisiera hacerle compañía de esta manera algo primitiva. Para esto me puse el vestido verde, y si bien el peinado es todavía del año ‘31, usted seguramente me lo perdonará. Y agrego esta otra ayuda a la imaginación, una pequeña muestra del paño, para acariciar.

Lo que me escribe sobre Blei ya lo sabía yo por Marie-Luise v. Motesiczky, a quien usted conoció alguna vez en mi casa. Es probable que el tío, Ernst v. Lieben, que es el ex marido de Billie, también ande por allá, lo seguro es que financió todo aquello. Y por favor, escriba unas palabras a la Piz (Mrl v. M) cuando necesite algo, Viena iv, Brahmsplatz. Si lo prefiere, yo también podría informarla. ¿Ha descubierto algo recomendable en la nueva literatura francesa? Sus cartas son lo más querido y lo más importante que tengo en este preciso momento, la felicidad se sigue haciendo esperar. Me alegraré de tener noticias suyas, con mucho afecto

Fe-li-zi-tas
Me pregunto si estará usted conforme conmigo.



Walter Benjamin a Gretel Karplus
Ibiza (Ibiza), alrededor del 26/5/1933
Para empezar con una suerte de confesión, querida Felizitas: con estas líneas recibe usted algo así como las primeurs del día, una hora especial madurada en circunstancias especiales que espero –prensada en esta hoja– no pierda luego todo su aroma y color. En lo tocante a su silueta, me atrevo ya a dibujarla de alguna forma duradera. Pero no me quedará otra opción que enviarle esta única planta vivaz, porque las otras que estuvieron cargando con mis horas de los últimos días estaban marchitas casi todas. Y como usted ha tenido su participación en ese marchitar, le corresponde en consecuencia participar también ahora en lo que le dedico con estas palabras: me refiero a la fruta madura de una hora que se mece en el viento de la mañana.

¿Por qué no me habrá escrito? Mis días pasados hubieran resultado mejores, este que comienza, no tan de consuelo. Y ahora, en lugar de decirle algo más amable, la avergüenzo una última vez al confesarle que el consuelo no me llega lamentablemente de un mensaje de usted, que he estado esperando hasta hoy en vano. De dónde viene el consuelo no será tan difícil de adivinar si se sumerge usted en la descripción del espacio que pronto haré surgir ante sus ojos, y si no olvida algunos artificios a los que, por momentos, recurrí ya hace años, aquellos mismos que había prometido tomar alguna vez con usted.
(...)


Gretel Karplus a Walter Benjamin Berlín, 6 de julio de 1933
Querido Detlef:
En tu última carta no me indicaste tu dirección nueva, y no estoy del todo segura de si los papelitos rosas todavía te llegarán mandándolos a la anterior. Disculpa entonces que se hayan interrumpido y escríbeme lo más pronto posible adónde tengo que dirigirlos de aquí en adelante.

Lamentablemente no podré cumplir con tu deseo de que encargue el Züricher Illustrierte, porque no puedo recibir ese diario aquí en Berlín.

En lo exterior, mi vida apenas si cambió en relación con antes, muchas veces me siento con la salud muy quebrada, de todos modos es más soportable que el año pasado; de Frankfurt tengo muy pocas noticias, como siempre, así que supongo que la prueba en cuestión está ocurriendo ahora mismo, pero quizá estoy adivinando mal. Mis padres pasaron cinco semanas en Gastein, vuelven el sábado, el tiempo aquí sola fue agradable, únicamente opacado por la enfermedad de mi cuñado, que todavía es incierta. En los negocios fue un mes quieto, la liquidación de la vieja empresa y los reemplazos por vacaciones en la nueva me procuraron alguna distracción. Hay dos nuevos modelos de invierno que surgieron a partir de una especial colaboración mía, me encantaría poder mostrártelos. Quisiera preguntarte algo en tu calidad de viejo amante de la moda, ¿por qué al principio de la nueva temporada uno se siente tan mal en las ropas y los sombreros viejos, aunque no hayas adelgazado o engordado, ni tengas un peinado nuevo? ¿La moda nos cambia realmente como para que tengamos una nueva impresión de nosotros mismos?

Bueno, ahora quisiera felicitarte por tu cumpleaños, y se me ocurrió que podríamos mantener el “tú” en las cartas privadas, si es que estás de acuerdo. Me hubiera gustado decir también siempre en las oficiales, pero no sé si realmente es lo que queremos. Sea como sea, a mí me encanta que haya un rastro de secreto en la correspondencia, y creo que el escondite de nuestros nombres, casi reservados para nosotros dos, es maravilloso. Claro que no quise ofenderte proponiéndote aquello de la adopción, en el fondo solo quise decir que conmigo puedes sentirte un poco como en casa y saber siempre adónde perteneces. Por lo demás, tienes toda la razón, yo soy solo una niña pequeña y tengo mucha necesidad de un adulto, me pone enormemente feliz que quieras asumir ese rol para mí. Jamás me hubiera atrevido a pedírtelo, por temor a que pudieras juzgarlo como algo de demasiada confianza. Pero tu pequeña Felizitas se siente muy protegida por ti y te da mil gracias por este ramillete tan singular.
(...)

Tuya
Felizitas

-Fragmento de Gretel Adorno y Walter Benjamin, Correspondencia 1930-1940, reseñado en Página 12.

4.6.11

Sospechar de la Democracia (Guillermo Rebollo Gil).

Compartimos por aquí una reflexión de Guillermo Rebollo Gil hecha como parte del curso Derecho y Democracia ofrecido este semestre en la Escuela de Derecho de la UPR y que acaba de culminar. Gracias a Guillermo por permitirnos compartir su reflexión en este blog.

Sospechar de la Democracia, Posiblemente
Guillermo Rebollo Gil

La democracia no se presume, se sospecha—y se sospecha de ella. O más bien, se sospecha de la manera en que el término es utilizado por nuestros representantes electos, cuando su articulación impone un cese al diálogo y al debate público. Y por qué no, al reflexionar sobre la idea de la democracia y sus posibilidades, ponderar brevemente el efecto silenciador de la palabra “democracia” en boca de nuestros gobernantes, cuando estos son llamados a responder a cuestionamientos de determinados sectores sociales que entienden que sus reclamos no están siendo debidamente atendidos.  En estos contextos—frecuentemente ante el aviso o en medio de, protestas, pugnas huelgarias etc.—la palabra es utilizada principalmente como límite impuesto a la agencia colectiva de sectores minoritarios en busca de conductos y espacios viables (aunque no necesariamente tradicionales) de expresión y protesta. Generalmente, la misma es enunciada como referencia a un supuesto entendido social, a todas luces casi impronunciable, que deslegitimiza al instante tanto el discurso como la posición del grupo reclamante. Se desconoce del grupo, sus pedidos o demandas y sobretodo de sus maneras de comunicarlas porque  “desde luego, vivimos en una democracia” o “a fin de cuentas, esto es una democracia.” El término aquí opera entonces como una negación casi originaria de cualquier gestión o evento de índole político que no se atenga a los procesos formales o institucionalmente reconocidos. Es precisamente estas aseveraciones del “vivir en” y de “ser” democracia de las cuales, desde luego y a fin de cuentas, debemos sospechar en tanto las mismas afirman la existencia de límites para la acción y el apalabramiento de miembros particulares de la comunidad política, sin antes explicitar el carácter o contenido de esa vida o ese ser que se constriñe y los excluye.

Y sin embargo, la promesa de la democracia—entendida aquí como el autogobierno del pueblo en condiciones de igualdad, justicia y libertad[1]—se adhiere a los términos propios de la vida en comunidad y el ser (para y desde los otros con quienes se comparte el espacio público). Lo cierto es que la democracia no puede ser desligada—por boca de nadie—de su propuesta para una mejor convivencia de todas las partes constituyentes de un cuerpo político. Por tanto, el mero intento de un gobernante de censurar y/o despachar una acción concertada de un grupo que lo emplaza y le reclama, mediante la breve y llana alusión a lo que “se entiende” por democracia, de por sí cae fuera de su marco legítimo de acción. Esto debido a que no le toca a él formular (o intuir) el qué de la democracia, sino que él en su función representativa se debe a ese conjunto de entendidos cambiantes y conflictivos que pueden surgir de la comunidad; a lo que sea que la comunidad política o un sector de ella manifiesta que podría ser la democracia bajo determinadas circunstancias. De aquí que De Sousa Santos conceptualice el movimiento democrático como una forma socio-histórica, eminentemente contextual[2]. Lo que implica  que el contenido de su promesa (y del cuerpo político que la adopta y la persigue) no se define por sus posibles límites sino por la capacidad de forzar y romper aquellos límites pre-existentes en las sociedades que se conciben a sí mismas como democráticas.


Nuestra responsabilidad compartida como miembros de tales sociedades es entonces sospechar que los reclamos y demandas que pueden surgir de la multiplicidad de grupos—por más antagónicos, minoritarios y/o riesgosos que parezcan—pueden en efecto, proponer  en el fondo o en la superficie una visión realmente posible (y más justa) de la democracia, y por tanto deben ser atendidos como tales. Es esa apertura a la sospecha la que quizás mejor define lo que desde luego será vivir en una democracia y lo que a final de cuentas implicaría ser parte de una comunidad en cumplimiento paulatino con dicha promesa. Esta sospecha tampoco se puede presumir, sino que depende de la disposición a activar y/o  responder críticamente a la activación del diálogo y debate público por parte de otros. Visto de esta forma, se podría hablar de una ética de la sospecha o la desconfianza[3]—entendida aquí como la voluntad de desconfiar que la democracia tal y como es vivida en tiempo presente es la articulación más precisa, completa y acertada de ese ideal.

Proponemos que la actitud o voluntad democrática comienza con esta desconfianza ante cualquier alegación—por boca de quién sea— de la existencia de un entendido social acerca del qué de la democracia actual, y pasa a preguntar qué más de la democracia ahora. Es decir, la sospecha viene a convertirse en expectativa: la expectativa de que aún quedan límites en nuestras sociedades por forzar y romper; sobretodo en lo relativo a la inclusión de comunidades minoritarias y extranjeros, espacios de deliberación y debate, atención y tolerancia a manifestaciones de quejas o agravios políticos. Enunciar la palabra democracia, desde esta perspectiva, es activar su espíritu de demasía política. Afirmar que el contenido de su promesa jamás será definido en su totalidad por boca de nadie, ni se conformará a los patrones de articulación de ningún hablante particular al punto de asumir una forma y un tono tradicional, y/o fácilmente reconocido. Al contrario, decir democracia, desde aquí,  es confiar  en y apostar a, que la misma puede ser articulada y re-articulada continuamente en boca de quien necesite de ella, sonando cada vez más diferente; nueva; antagónica; y a fin de cuentas, inevitablemente posible.




[1] R. Dworkin, Is Democracy Posible Here?: Principles for a New Political Debate (Princeton, NJ, 2008).
[2] B. de Sousa Santos y L.Avritzer,  “Opening up the Canon of Democracy”, en de Sousa Santos (ed), Democratizing Democracy: Beyond the Liberal Democratic Canon (Brooklyn, NY ,2007), pág. xliii.
[3] J. Derrida y E. Roudinesco Y Mañana qué… (México, DF, 2009).

1.6.11

Escribir es develarse, proyectarse a los demás (Foucault).

"[Correspondence] It is something more than a training of oneself by means of writing, through the advice and opinions one gives to the other: it also constitutes a certain way of manifesting oneself to oneself and to others. The letter makes the writer "present" to the one to whom he addresses it. And present not simply through the information he gives concerning his life, his activities, his successes and failures, his good luck or misfortunes; rather, present with a kind of immediate, almost physical presence. "I thank you for writing to me so often; for you are revealing yourself to me [te mihi ostendis] in the only way you can. I never receive a letter from you without being in your company forthwith. If the pictures of our absent friends are pleasing to us... how much more pleasant is a letter, which brings us real traces, real evidence of an absent friend! For that which is sweetest when we meet face to face is afforded by the impress of a friend's hand upon his letter -recognition."(cita de Seneca, Letters)
 ...

To write is thus to "show oneself," to project oneself into view, to make one's own face appear in the other's presence. And by this it should be understood that the letter is both a gaze that one focuses on the addressee (through the missive he receives, he feels looked at) and a way of offering oneself to his gaze by what one tells him about oneself. In a sense, the letter sets up a face-to-face meeting. Moreover Demetrius, explaining in De elocutione what the epistolary style should be, stressed that it could only be a "simple" style, free in its composition, spare in its choice or words, since in it each one should reveal his soul.[cita a Seneca

The reciprocity that correspondence establishes is not simply that of counsel and aid; it is the reciprocity of the gaze and the examination. The letter that, as an exercise, works toward the subjectivation of true discourse, its assimilation and its transformation as a "personal asset." also constitutes, at the same time, an objectification of the soul. It is noteworthy that Seneca, commencing a letter in which he must lay out his daily life to Lucilius, recalls the moral maxim that "we should live as if we lived in plain sight of all men,"12 and the philosophical principle that nothing of ourselves is concealed from god who is always present to our souls. Through the missive, one opens oneself to the gaze of others and puts the correspondent in the place of the inner god. It is a way of giving ourselves to that gaze about which we must tell ourselves that it is plunging into the depths of our heart (in pectis intimum introspicere) at the moment we are thinking.

 ...

The work the letter carries out on the recipient, but is also brought to bear on the writer by the very letter he sends, thus involves an "intro spection"; but the latter is to be understood not so much as a decipherment of the self by the self as an opening one gives the other onto oneself.

*M. Foucault, "Self Writing" en Ethics: Subjectivity and Truth (P. Rabinow (ed),  Ethics:Essential Works of Foucault 1954-1984).

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